
I. El trasfondo de Hechos 11 y el conflicto entre la Iglesia judía y la Iglesia gentil
El capítulo 11 de Hechos presenta uno de los puntos de inflexión más importantes dentro de la Iglesia primitiva, revelando con gran viveza el conflicto y la manera de superarlo entre la Iglesia judía y la Iglesia gentil. Al comentar este capítulo, el pastor David Jang destaca la expresión clave “derribando la pared divisoria”, subrayando así la esencia reconciliadora y unificadora del Evangelio. De hecho, en Hechos 11 se describe la reacción de los apóstoles y hermanos en Judea al enterarse de que Pedro había predicado el Evangelio en la casa del gentil Cornelio y había compartido la mesa con él. Al saber que “también los gentiles habían recibido la Palabra”, los creyentes de Judea quedaron en shock, temerosos de que se tambalearan sus normas y tradiciones basadas en la ley y su conciencia de ser “el pueblo elegido”. Este temor tenía raíces muy profundas en los judíos de la época, puesto que la observancia de la ley y el mantenimiento de la pureza y la santidad eran el eje de su identidad comunitaria.
El pastor David Jang pone el foco en cómo esta “barrera legal” y “conciencia de ser el pueblo elegido” funcionaban dentro de la Iglesia primitiva, y por qué causaron un impacto y un conflicto tan grandes. La ley era para el pueblo de Israel la Palabra de Dios y, a la vez, la norma para “conservar la santidad”. Durante mucho tiempo habían considerado un tabú “compartir la mesa con gentiles” porque eran vistos como quienes comían alimentos impuros, seguían ritos idolátricos y no guardaban la ley. Por ello, para los cristianos judíos, temer que su estilo de vida devoto y sus normas, acumulados durante siglos, pudieran verse comprometidos al mezclarse con los gentiles, era un miedo muy real. En este trasfondo, la noticia de que “los gentiles también reciben el Evangelio y experimentan al Espíritu Santo” en la casa de Cornelio no se percibió únicamente como una sorpresa teológica, sino como un hecho que sacudía las bases mismas de su tradición y cultura.
El pastor David Jang considera que este evento no se debió meramente a una “diferencia cultural” o “racial”, sino que fue resultado de la tensión existente entre la ley y el Evangelio. Aunque Jesucristo ya había inaugurado una “nueva alianza” mediante la cruz, muchos de los creyentes judíos en la Iglesia primitiva, aun reconociendo a Jesús como el Mesías, seguían muy aferrados al cumplimiento de la ley y a las tradiciones judías. Para ellos, toda la vida de fe estaba ligada a la Torá, y de ahí que la proclamación de que “también los gentiles pueden ser pueblo de Dios” fuera difícil de aceptar. Por esta razón, el simple hecho de que el apóstol Pedro hubiera compartido la mesa con el gentil Cornelio generó un duro reproche de parte de “los que eran de la circuncisión” en la Iglesia de Jerusalén (Hch. 11:2-3).
El pastor David Jang analiza en profundidad cómo esta idea de “pueblo elegido” podía convertirse en un obstáculo para la propagación del Evangelio, y a la vez, cómo dicha conciencia de “elección” debía reinterpretarse según el plan de Dios. La conciencia de ser pueblo elegido, otorgada a los judíos, estaba originalmente concebida como “un llamado particular para manifestar al mundo el plan de salvación de Dios”, pero en algún punto se había vuelto excluyente y conducía al extremo equivocado de “suponer que los gentiles quedaban fuera de la salvación”. Tal exclusivismo, de persistir aun tras la crucifixión de Cristo, menoscabaría inevitablemente la misión de la Iglesia de hacer discípulos de todas las naciones. Por ello, el pastor David Jang explica que el conflicto de Hechos 11 fue “un dolor de parto necesario para que el Evangelio se extendiera al mundo gentil, y a la vez fue el punto de partida de un crecimiento mayor de la Iglesia”.
La seriedad de este conflicto se ve reflejada en Hechos 11:2-3, donde se menciona que “los de la circuncisión lo criticaron”. El término “criticar” (o “reprochar”) no se limita a expresar dudas, sino que implica denigrar al otro y condenarlo como transgresor de la ley. La fuerte oposición por parte de la Iglesia de Judea se basaba en la idea de que Pedro había “abandonado la ley”. Sin embargo, ante todas las críticas, Pedro no se limitó a responder con opiniones o sentimientos personales, sino que explicó “lo que Dios le había mostrado”. Esto evidencia que el origen del conflicto no radicaba en “el prejuicio humano” como tal, sino en una cuestión “teológica y espiritual sobre hasta dónde llega el plan de salvación de Dios”.
A través de este episodio, el pastor David Jang extrae una lección clave para los conflictos misioneros de la Iglesia contemporánea. Al predicar el Evangelio, los evangelizadores corren el riesgo de “absolutizar” su trasfondo cultural o tradición de fe y de imponer unilateralmente estas normas a quienes reciben el Evangelio. En tales casos, el mensaje deja de aparecer como “gracia de Dios” y más bien se percibe como “imperialismo cultural” o “imposición espiritual”. Por otro lado, si quienes reciben el Evangelio tan solo demuestran una sumisión ciega —“como no sabemos nada, hagamos todo lo que nos digan”—, tampoco se realiza la libertad genuina que el Evangelio promete. El conflicto entre la Iglesia judía y la Iglesia gentil ejemplifica de manera vívida cómo las actitudes distorsionadas de “evangelizador” y “evangelizado” pueden erigir enormes barreras, y que solo en la cruz tales barreras pueden derrumbarse, según afirma enfáticamente el pastor David Jang.
La primera parte de Hechos 11 gira en torno a la cuestión central de “por qué el Evangelio también llega a los gentiles y cómo reciben ellos la misma gracia de salvación”. Los judíos creían que eran el pueblo de Jehová a través de la “circuncisión y la observancia de la ley”, mientras que los gentiles, al no ajustarse a este estándar, eran considerados “impuros”. Pero, al predicar el Evangelio en la casa de Cornelio, Pedro presenció cómo ellos también experimentaban la obra del Espíritu Santo de la misma manera que la Iglesia judía la había recibido en Hechos 2. Así comprendió que, aunque los seres humanos dividan las cosas en “puras o impuras”, Dios había purificado también a los gentiles (Hch. 10:15) y abierto la puerta del Evangelio sin restricción alguna.
Tomando esto como referencia, el pastor David Jang llama a la Iglesia a valorar la “ley” y la “tradición” en su justa medida, sin permitir que tales tradiciones opaquen la gracia de la cruz. El choque inicial y la exclusividad de la Iglesia judía pueden repetirse hoy. Por ejemplo, en una comunidad que sigue firmemente una determinada tradición denominacional o en creyentes veteranos que han estado mucho tiempo en la Iglesia, podría surgir fricción cuando entren personas que recién reciben el Evangelio (una analogía de “gentiles”). En ese caso, lo fundamental no es dirimir “quién está en lo correcto”, sino preguntarnos: “¿Estamos abriendo realmente la puerta de la comunión y reconociéndolos como hermanos en igualdad de condiciones, siendo que Dios ya los ha renovado?” Para David Jang , la enseñanza de Hechos 11 conserva hoy la misma urgencia de siempre.
Especial mención merece el hecho de que la resolución del conflicto se da cuando Pedro, en lugar de desentenderse con un “No sé, pregúntenle a Dios”, “les fue contando por orden” (Hch. 11:4) lo sucedido. Este modo de proceder resulta un modelo valioso para gestionar las tensiones en el seno de la Iglesia primitiva. Pedro cuenta paso a paso su experiencia: la visión que tuvo en Jope, el encuentro con los enviados de Cornelio y la obra del Espíritu Santo durante la predicación. Dicha explicación favoreció la comprensión de los hermanos judíos y los condujo a proclamar: “¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!” (Hch. 11:18). Para David Jang, este momento representa el cambio radical de la “discordia” a la “unión” y es la encarnación del carácter universal del Evangelio en la historia.
En conclusión, el conflicto entre la Iglesia judía y la Iglesia gentil que se pone de manifiesto al principio de Hechos 11 surgió a raíz del choque entre la “conciencia de pueblo elegido” y la tradición legal heredada del Antiguo Testamento, frente a la “nueva alianza” del Evangelio. Sin embargo, este conflicto se convirtió en el detonante de un “nuevo avivamiento”. Cuando la Iglesia aceptó que no se trataba de una experiencia individual de Pedro sino de un “plan revelado por Dios mismo”, el muro divisorio cayó. Y esto se convirtió en la base para que el Evangelio siguiera extendiéndose en adelante. El pastor David Jang llama a este proceso “el momento en el que la Iglesia primitiva descubrió el horizonte del Evangelio que Dios ya había dispuesto”. Así, este relato no es solo un suceso histórico, sino un tema que la Iglesia de hoy debe considerar cada vez que afronta “nuevas épocas y desafíos”. Es la pregunta esencial: “¿Podremos, basados en la esencia del Evangelio, abarcar a todos los pueblos, culturas y generaciones?”
Tras analizar el trasfondo de este conflicto en Hechos 11, surge de manera natural un segundo tema crucial: la “visión de Pedro” y la “intervención directa de Dios” que aquella revela. Este suceso se convierte en la clave que solventa el conflicto de la Iglesia primitiva y al mismo tiempo establece el modelo de cómo la Iglesia debe concebir su misión en adelante. El pastor David Jang fundamenta en este evento la necesidad de que la Iglesia traspase los límites del prejuicio humano y el legalismo. Veamos entonces, en la segunda parte, cómo la visión que Pedro describe repetidamente en Hechos 11 ilustra la esencia del Evangelio.
II. La visión de Pedro y la esencia de la misión
En Hechos 11, cuando la Iglesia de Jerusalén critica a Pedro, este vuelve a narrar con detalle la historia de la visita a la casa de Cornelio que ya se había contado en Hechos 10. El punto central es la visión que tuvo en Jope. Mientras oraba, Pedro vio cómo bajaba del cielo algo semejante a una gran sábana que contenía toda clase de animales, considerados impuros según la ley, y escuchó una voz que le decía: “Levántate, Pedro, mata y come” (Hch. 11:5-7). Pedro, firme en su costumbre judía, responde que “jamás ha comido cosa impura o inmunda”. Pero la misma voz se repite tres veces, y enseguida llegan los enviados de Cornelio. Entonces, Pedro obedece la orden del Espíritu de ir “sin dudar” con aquellos hombres gentiles.
El pastor David Jang interpreta que en esta visión se manifiesta el propósito de Dios de “derribar el prejuicio y la exclusión”. Pedro era judío y toda su vida había cumplido la normativa de no comer nada considerado impuro. Que Dios le ordenase: “Lo que Dios limpió, no lo llames tú común” repetido tres veces demuestra lo arraigadas que estaban estas concepciones judías y, a la vez, indica la determinación de Dios de derribar tal barrera. Aunque la ley no fuese mala en sí misma, esas tradiciones se habían convertido en una muralla que impedía a la Iglesia llevar el Evangelio a los gentiles. Este es el mensaje clave que encierra la visión.
En este punto, el pastor David Jang exhorta a la Iglesia a reflexionar si “nuestras costumbres o rigideces teológicas restringen la libertad y la vitalidad del Evangelio”. Incluso Pedro, por su trasfondo judío, se había resistido a la idea de “comer con gentiles”. Así lo confirma Gálatas 2, que describe cómo Pedro se apartaba de la mesa de los gentiles cuando llegaban los judíos, evidenciando el conflicto que experimentó entre su legalismo y la libertad del Evangelio. Sin embargo, tras los episodios de Hechos 10-11, cuando contempló personalmente que Dios “limpiaba” también a los gentiles, cayó en la cuenta de que “Dios no hace acepción de personas” (Hch. 10:34).
Según el pastor David Jang , “el mayor obstáculo en la misión es, a menudo, la relación de superioridad/inferioridad” que se establece entre quien envía el Evangelio y quien lo recibe. Con frecuencia, en el ámbito misionero, la cultura, el idioma y la tradición teológica del “evangelizador” pueden imponerse unilateralmente sobre aquellos que “recién reciben” el Evangelio. Algo similar sucedía en la Iglesia primitiva, donde los judíos circuncidados creían ser espiritual y moralmente superiores a los gentiles incircuncisos. Sin embargo, el episodio de Cornelio muestra que incluso los gentiles reciben el Espíritu Santo y participan de la gracia de Dios. Y no lo hacen por sus méritos o prácticas religiosas, sino por “la fe en Jesucristo”. De ahí la constatación de Pedro: “Cuando comencé a hablar, el Espíritu Santo cayó sobre ellos como también sobre nosotros al principio” (Hch. 11:15), concluyendo finalmente que “así que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida” (Hch. 11:18).
A partir de esta premisa, el pastor David Jang redefine “la esencia de la misión”. Generalmente se entiende la misión como “el proceso de establecer la Iglesia y enseñar el Evangelio en nuevas tierras”. Si bien esa definición no es errónea, en un sentido más profundo, la misión es “la participación de la Iglesia en la obra que Dios ya está realizando en esos lugares”. Cuando Pedro llega a la casa de Cornelio, se encuentra con que aquel ya era un hombre temeroso de Dios y que su familia estaba preparada para recibir el Evangelio. Dios había respondido a sus oraciones y enviado un ángel para que buscara a Pedro. Dicho de otro modo, la obra del Espíritu Santo ya estaba presente entre los gentiles. Y Pedro simplemente “acudió al llamado” de Dios.
El pastor David Jang describe este proceso como “la Iglesia que responde a la invitación de Dios”. En lugar de introducir el Evangelio a su manera, la Iglesia mira el mundo “a través de los ojos de Dios, que ya santifica lo que Él quiere”, y así ocurre el auténtico avance misionero. Esto es válido también hoy. Si la Iglesia, al ver las manifestaciones de gracia o los dones que Dios otorga en otras culturas o contextos religiosos, responde con “esto no se ajusta a lo nuestro, hay que rechazarlo”, la misión se estancará. Mas si reconoce que “Dios ya está obrando” y se acerca con respeto y hospitalidad, el Evangelio mostrará su fuerza transformadora.
En el caso de Pedro y Cornelio, lo más significativo es que “el Espíritu descendió sobre los gentiles de la misma manera que sobre los judíos”. El pastor David Jang lo denomina “la igualdad del Evangelio”. Ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer: todos uno en Cristo Jesús (Gál. 3:28). Al principio, la Iglesia de Jerusalén se turbó, pero tras escuchar la explicación de Pedro, aceptó que “Dios también les había concedido a los gentiles el don del arrepentimiento”. Allí la Iglesia ve cumplido su ideal de “unidad en Cristo” por vez primera en la historia.
Como conclusión, el pastor David Jang subraya que “cuando la Iglesia adopta la perspectiva de Dios, la misión genuina comienza”. Si se aferra a estándares humanos —ley, cultura, tradición o prejuicios—, no podrá llevar con libertad el Evangelio al mundo. O, si lo hace, quizá asuma una actitud de superioridad: “Nosotros estamos bien; ustedes, no”. Pero la visión que tuvo Pedro muestra que “no podemos oponernos a lo que Dios ha purificado”. Mediante su testimonio ante los hermanos de Jerusalén, ese muro interno en la Iglesia cayó.
Al repasar lo acontecido, vemos cómo la visión de Pedro narrada en Hechos 11 fue determinante para que la Iglesia primitiva superara el “legalismo y la conciencia de elección” y emprendiera la “expansión del Evangelio” más allá de Israel. Según el pastor David Jang, “a través de esta experiencia, la Iglesia reencuentra la esencia de la evangelización: la gracia de la cruz y la obra del Espíritu”. La cruz es “la muestra del amor divino ofrecida al pecador, sea judío o gentil”, y el Espíritu Santo es la fuerza que impulsa ese mensaje a todo el mundo. El tema de Romanos, “la justificación solo por la fe”, se ve claramente ratificado en Hechos 11.
La Iglesia actual debería tomar este pasaje como un espejo. Las congregaciones con larga trayectoria (“los judíos”, en la analogía) pueden sentirse tan orgullosas de su historia y tradición que, ante creyentes que acceden al Evangelio más tarde (“los gentiles”), no los acojan plenamente. Por su parte, quienes llegan de nuevas podrían considerarse inferiores o, por el contrario, despreciar los legados de la Iglesia. El pastor David Jang insiste en que “tanto la arrogancia como el complejo de inferioridad son enemigos del Evangelio”, porque en Cristo todos recibimos la misma gracia, y cada quien responde de manera diferente al llamado de Dios.
En el campo misionero, donde suelen producirse “choques culturales”, esta enseñanza también es esencial. Aunque existan diferencias de idioma, costumbres o comida, si la Iglesia parte de la idea de que “Dios ya obra allí”, tenderá puentes de acogida y estima mutua. Entonces el Evangelio deja de ser opresivo para convertirse en liberador; no es dominio cultural, sino una renovación que sana la cultura desde dentro. El pastor David Jang suele ilustrar esto con la idea de la “comunión en la mesa”. Así como Jesús comía con publicanos y pecadores, la Iglesia debe invitar a su mesa a personas de trasfondos distintos, practicando la hospitalidad del Evangelio.
En síntesis, el relato de la visión de Pedro y el suceso de Cornelio, junto con las aclaraciones ante la Iglesia de Jerusalén, nos enseñan estos puntos centrales: primero, que el Evangelio no está ligado a un solo pueblo o tradición; segundo, que el Espíritu obra en lugares y personas que la Iglesia no espera; tercero, que la Iglesia debe ir a “lo que Dios ya ha limpiado” sin basarse en criterios meramente humanos, y cuarto, que los conflictos que surgen en este proceso, al final, sirven para revelar con más nitidez el plan de Dios. El pastor David Jang reitera que este mensaje sigue siendo válido a lo largo de los tiempos.
Una vez comprendido el trasfondo conflictivo y su resolución, pasamos a fijarnos en el lugar que se convertirá en el centro de la propagación de la Iglesia a los gentiles: la ciudad de Antioquía, descrita en la segunda mitad de Hechos 11. En aquella ciudad, un crisol cultural con diversas etnias, nacerá la “Iglesia de Antioquía”, que enviará a Pablo y Bernabé, volviéndose la plataforma de la misión al mundo. El pastor David Jang demuestra cómo esta Iglesia y sus profetas ilustran el “rol profético” y el “modelo de cooperación mutua” que toda Iglesia debe poner en práctica. Analicemos ahora en la tercera sección el trasfondo del surgimiento de la Iglesia de Antioquía, el papel de los profetas y la cooperación con la Iglesia de Jerusalén.
III. El surgimiento de la Iglesia de Antioquía y la función de los profetas
La segunda parte de Hechos 11 (versículos 19-30) describe cómo, tras la “persecución causada por lo de Esteban”, los creyentes se dispersan y el Evangelio comienza a llevarse al mundo gentil con más fuerza. Los cristianos que huyeron de la persecución llegaron a Fenicia, Chipre y Antioquía, pero al principio predicaban solo a judíos (Hch. 11:19). Esto indica que seguía prevaleciendo el “enfoque judío” en la evangelización. Sin embargo, en Hch. 11:20, algunos de Chipre y Cirene predican también a los griegos, marcando un punto de giro crucial. Este hecho enciende la llama que dará lugar a la “Iglesia de Antioquía”. El autor de Hechos sugiere que no eran apóstoles famosos, sino creyentes anónimos —evangelizadores laicos— los iniciadores de la misión a los gentiles. Para el pastor David Jang , esto demuestra que “la expansión de la misión a los gentiles comenzó gracias a la entrega espontánea de simples creyentes”.
En la época, Antioquía era la tercera ciudad más importante del Imperio romano, tras Roma y Alejandría. Tenía rutas comerciales muy desarrolladas y albergaba a poblaciones de diversas etnias y culturas. Había también una gran comunidad judía de la Diáspora, ofreciendo cierto terreno propicio para difundir el Evangelio. Al mismo tiempo, la ciudad rebosaba idolatría y mezclas de costumbres paganas. Y sin embargo, esa misma pluralidad cultural facilitó la transmisión del Evangelio de los judíos a los gentiles. El pastor David Jang interpreta esto como “la forma en que Dios utiliza el entorno para evitar que la Iglesia se cierre sobre sí misma, y permita que la fe atraviese fronteras”.
Al oír las noticias del crecimiento en Antioquía, la Iglesia de Jerusalén envía a Bernabé (Hch. 11:22). Esto muestra un ejemplo de “cooperación entre Iglesias”. Desde la perspectiva de Jerusalén, era necesario confirmar y guiar la nueva comunidad, pero, de acuerdo con el pastor David Jang, lo destacable es que acudieron con “un espíritu de colaboración, no de control”. Efectivamente, cuando Bernabé llega, ve la gracia de Dios en Antioquía y “se regocija” (Hch. 11:23). Les anima a permanecer fieles al Señor con “propósito de corazón”. Como líder, no toma el control de todo, sino que reconoce y alaba la obra del Espíritu que ya se estaba manifestando en Antioquía.
Seguidamente, Bernabé se dirige a Tarso para buscar a Saulo (Pablo) (Hch. 11:25-26). Luego, durante un año entero, Bernabé y Saulo trabajan juntos en Antioquía, enseñando a mucha gente. El pastor David Jang lo denomina “el surgimiento de un liderazgo en equipo”. Antes, la Iglesia de Jerusalén estaba liderada principalmente por los doce apóstoles, pero la Iglesia de Antioquía contaba con Bernabé, Saulo y otros líderes procedentes de diversas culturas gentiles. Gracias a esta estructura, la Iglesia primitiva pudo dar un paso decisivo hacia la misión mundial. El pastor David Jang invita a la Iglesia a aprender de la actitud de Bernabé, que supo ceder protagonismo y formar a Pablo —una figura destinada a ejercer un rol aún mayor—. Es un ejemplo de cómo “el servicio mutuo y la colaboración” consolidan la edificación de la Iglesia.
La relevancia de la Iglesia de Antioquía radica también en que allí “los discípulos fueron llamados cristianos por primera vez” (Hch. 11:26). Era un lugar donde se congregaban judíos y gentiles, y se consolidó la nueva identidad de “seguidores de Cristo”, distinta a la de “religión judía”. El pastor David Jang considera que esto refleja perfectamente la naturaleza que persigue la Iglesia primitiva. En una comunidad mixta con numerosos gentiles, la asamblea dejó de verse como una “secta judía” para presentarse como “una comunidad de fe centrada en el Evangelio de Cristo”.
En los versículos 27-30 de Hechos 11, aparece el profeta Ágabo anunciando una gran hambruna. Con esa advertencia, la Iglesia de Antioquía decide socorrer a los hermanos de Judea mediante ofrendas. El pastor David Jang observa aquí “la función práctica del ministerio profético en la Iglesia primitiva” y la “importancia de la ayuda mutua” entre congregaciones. La profecía de Ágabo no se quedó en un fenómeno espiritual interno, sino que impulsó a la Iglesia a un acto concreto de solidaridad, previniendo los efectos de la inminente crisis. Es “la perfecta combinación de revelación y acción”. Además, esta colecta a favor de los creyentes de Jerusalén es un símbolo de la unidad entre la Iglesia gentil de Antioquía y la Iglesia judía. Aquellos que en otro tiempo pudieron estar divididos por la ley, ahora se reconocen como “un solo cuerpo” mediante el amor práctico.
Este tipo de cooperación se ve repetido en las cartas de Pablo a los Gálatas y a los Corintios, donde se alude a las ofrendas recogidas por las Iglesias gentiles para enviar a los hermanos de Judea (Rom. 15:25-27). El pastor David Jang explica que esto encarna el principio apostólico de que “la Iglesia es un solo cuerpo” llevado a la práctica. Si la Iglesia de Jerusalén hubiese mantenido un “exclusivismo legalista” rechazando a la Iglesia gentil, difícilmente se hubiera dado este apoyo mutuo que fortaleció la expansión mundial del Evangelio. Pero, tal como relata Hechos 11, al reconocer la intervención divina en la visión de Pedro y aceptar a los gentiles, la Iglesia de Jerusalén y la de Antioquía pudieron tender puentes de cooperación, allanando el camino para que el Evangelio se extendiera por todo el Imperio romano.
El pastor David Jang insiste en que la Iglesia actual debe inspirarse en este modelo. A medida que una comunidad eclesial crece, es más probable que personas de diferentes culturas y trayectorias confluyan en ella. Esto representa un gran desafío: “el conflicto”. Y la clave para resolverlo es “concentrarse en la esencia del Evangelio” y “comprometerse con la unidad”. La práctica de la unidad en la Iglesia de Antioquía —ofrendar para socorrer la necesidad material de Jerusalén, y la labor de formación doctrinal impartida por los líderes enviados desde Jerusalén— ejemplifica cómo se puede forjar un fuerte lazo fraterno pese a la distancia geográfica. El rol de profetas como Ágabo, que comparte “la situación futura” para que la comunidad se prepare con sabiduría, pone de manifiesto los beneficios de conjugar la sensibilidad espiritual y la acción.
En síntesis, el pastor David Jang describe la Iglesia de Antioquía como “la plataforma de la misión mundial y el fruto de la integración interna de la Iglesia primitiva”. El muro entre la Iglesia judía y la Iglesia gentil se derrumba, y, gracias a la visión de Pedro, se asume que “Dios ya había limpiado a aquellos que se consideraban impuros”. Como resultado, la Iglesia se ve impulsada a un crecimiento explosivo. Este crecimiento se traduce luego en “ayuda a los necesitados” y en la “misión mundial encomendada a Bernabé y Saulo”. Es una Iglesia que no se encierra en sí misma, sino que “mira hacia fuera” con profunda solidaridad interna. El pastor David Jang considera tal solidaridad como “el fruto que experimenta una Iglesia que obedece la esencia del Evangelio”. Cuando la Iglesia no se aferra a instituciones, tradiciones o formas meramente humanas, sino que “obedece la voz del Espíritu y extiende el amor de la cruz a todos”, halla el camino que debe recorrer.
En realidad, la Iglesia primitiva enfrentaba dificultades constantes —desacuerdos entre judíos y gentiles, debates sobre la ley, divisiones internas y persecuciones externas—, pero logró superarlas “bajo la intervención directa de Dios y la soberanía del Espíritu”. En Hechos 11, el reclamo enérgico que los de la circuncisión dirigían a Pedro se disipa cuando él expone la visión celestial y muestra la obra del Espíritu. Asimismo, la decisión de Antioquía de ayudar a Jerusalén responde a la advertencia profética de Ágabo, es decir, a la dirección del Espíritu Santo. De este modo, la Iglesia, pese a las divergencias, siempre termina volviendo “al rumbo que marca el Espíritu”.
El pastor David Jang destaca una y otra vez que en la historia de la Iglesia, los momentos de mayor crecimiento han sido siempre aquellos en que “se han abandonado los prejuicios en pos de una unidad basada en el Evangelio”. Por el contrario, cuando la Iglesia se ha enclaustrado, “asumiendo que solo ella está en la verdad” o rechazando a otros, ha sufrido estancamiento y divisiones. Al apartarse del principio de que “la cruz de Cristo ha destruido el muro divisor”, la Iglesia cae fácilmente en la rutina, pierde la dinámica del Evangelio y se obsesiona solo con su propio mantenimiento o expansión numérica. Sin embargo, la Iglesia primitiva, a partir de los sucesos de Hechos 11, logró mantenerse “como un solo cuerpo” y sentar las bases para difundir la Palabra por el Imperio romano. Se dieron choques posteriores, pero siempre “siguió la dirección del Espíritu”.
Finalmente, el pastor David Jang concluye del estudio de Hechos 11 que la Iglesia es, esencialmente, “una comunidad unida por el Evangelio”, llamada a trascender las fronteras de etnias, culturas y tradiciones. Si bien la Iglesia judía y la Iglesia gentil empezaron separadas, al comprender el plan divino, se regocijaron juntas: “¡También a los gentiles ha concedido Dios el arrepentimiento para vida!”. Y en la Iglesia de Antioquía, aquella alegría se transformó en hechos concretos de comunión, como el envío de ayuda a los hermanos en Jerusalén. Toda esta narrativa de Hechos 11 es un anticipo del “carácter misional universal” que la Iglesia debe encarnar.
Para que la Iglesia actual retome este legado, es necesario “ampliar los horizontes del Evangelio”. Se debe examinar si todavía persisten “dogmas excluyentes” o “prejuicios culturales” que limiten el alcance del Evangelio, y preguntarnos si realmente acogemos a nuevos creyentes de otras naciones o lenguas. Asimismo, debemos sostener la labor de quienes ya se encuentran en el campo misionero y estar abiertos a aprender de ellos. Como la Iglesia de Jerusalén, estamos llamados a “enviar” obreros, y como la de Antioquía, a “servir y sostener” en acciones concretas, creciendo así en madurez. El pastor David Jang lo identifica con “la misión centrada en la cruz”, el modelo primigenio de la Iglesia reflejado en Hechos 11.
En conclusión, Hechos 11 muestra en tres grandes líneas cómo la Iglesia primitiva preparó las bases para la misión mundial. Primero, el conflicto entre la Iglesia judía y la Iglesia gentil ilustra de forma tangible la colisión entre “la conciencia de pueblo elegido, el apego a la ley” y la amplitud del Evangelio. Segundo, la visión de Pedro y el suceso de Cornelio resaltan que la misión se funda en la “libertad soberana de Dios” y requiere obediencia por parte de la Iglesia. Tercero, el surgimiento de la Iglesia de Antioquía, la actividad profética de Ágabo y la cooperación con Jerusalén confirman que “la unidad práctica” es la fuerza que impulsa el crecimiento de la Iglesia. Todo este relato se sostiene sobre “la cruz que derriba la pared divisoria” y “la intervención directa de Dios”.
El pastor David Jang recalca que todos estos conflictos y reconciliaciones de la Iglesia primitiva no son meras historias del pasado, sino “una guía atemporal para la Iglesia de hoy”. En cada congregación surgen divergencias doctrinales, tensiones históricas, diferencias teológicas o culturales, y lo mismo ocurre en los campos misioneros. Al afrontar estas situaciones, conviene recordar que “Dios ya está obrando allí”, invitando a la Iglesia a colaborar. Y para responder a esa invitación, es imprescindible “abandonar ideas preconcebidas y escuchar humildemente la voz del Espíritu”.
En definitiva, Hechos 11 aclara “de dónde procede la Iglesia, para qué existe y hacia dónde debe caminar”. La Iglesia está llamada a derribar la barrera entre judíos y gentiles, uniendo en un solo cuerpo a todos los hijos de Dios. Esa unidad no se reduce a un ideal doctrinal, sino que se plasma en hechos de amor solidario, en el envío de misioneros y en la comunión espiritual. De este modo, la Iglesia se renueva continuamente, y el campo del Evangelio se expande sin límites. Cuando el pastor David Jang habla de “los horizontes del Evangelio”, alude precisamente a “la vocación de la Iglesia de superarse a sí misma, abrazar al mundo y seguir avanzando hacia el Reino de Dios”.
Al repasar todos estos aspectos, comprobamos que el capítulo 11 de Hechos, aunque describe acontecimientos del siglo I, encierra la respuesta más realista para los desafíos misioneros del siglo XXI. Cuando la Iglesia rompe los prejuicios culturales, religiosos y raciales, actúa como un solo cuerpo, extiende el Evangelio a todas las naciones y ejerce la cooperación mutua, vuelven a producirse frutos sorprendentes. Y la Iglesia primitiva ya recorrió ese camino. Recordando este testimonio, podremos enfrentar con fe cualquier conflicto o problema, seguros de que “la cruz destruye nuestros muros y el Espíritu nos hace uno”. Este es el mensaje esencial que el pastor David Jang desea transmitir a los lectores en su estudio de Hechos 11, y constituye también la orientación que debe seguir la Iglesia de hoy.