La restauración del Templo a través de la cruz – Pastor David Jang

Durante el tiempo de Cuaresma, el pastor David Jang predicó acerca de los capítulos 2 y 18 del Evangelio de Juan (en especial Jn 18:12-21), así como de Juan 8, el libro de los Hechos, etc., centrándose en las palabras “Destruid este templo”, para profundizar en su significado y trasfondo. Además, relacionó lo que Jesús mostró con su propio sacrificio, el episodio de la purificación del templo, el conflicto con las autoridades religiosas judías de la época, la conexión entre la cruz y la resurrección, y el mensaje que todo ello nos transmite hoy día a la Iglesia y a cada uno de nosotros. Desde la perspectiva o interpretación de fe del pastor David Jang, se expone todo esto en un único hilo conductor, sin subtítulos ni divisiones, a fin de mantenerlo como un solo tema integrado.

Cuando Jesús dijo al templo de Jerusalén: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Jn 2:19), pronunció una declaración de importancia extrema en todo el contexto de los Evangelios. Para la élite judía de entonces, este pasaje fue particularmente peligroso y provocador. Si observamos el trasfondo de este suceso, descubrimos que en el templo de Jerusalén se desarrollaban actos de compraventa, venta de animales para el sacrificio y cambio de dinero que, más allá de la simple “comercialización del templo”, reflejaban la profunda corrupción estructural con la que el sumo sacerdote y su familia utilizaban el templo para sus intereses de poder y riqueza. En particular, Anás y Caifás, junto con su clan, dirigían el culto en el templo de manera exclusiva, establecían inspectores que tachaban de “imperfectos” los animales comprados fuera del templo, y así obligaban a que todos adquirieran los animales dentro del recinto a precios exorbitantes. Para la gente pobre, esto suponía una carga insoportable, y a los judíos no les quedaba más remedio que comprar allí los animales para sus sacrificios, aunque fuera con lágrimas. Por tanto, las palabras de Jesús “Destruid este templo” se convierten en una declaración profética que golpea de lleno la corrupción y la desvergüenza de esas autoridades religiosas. Para quienes consideraban el templo de Jerusalén como el centro del universo y la autoridad absoluta de la religión judía, tal proclamación resultó sumamente desafiante y “herética”.

El pastor David Jang ha enfatizado repetidamente en sus sermones y escritos que este mensaje sigue siendo de gran repercusión para nosotros hoy. Según él, la raíz del pecado humano reside en la “auto-centración” y se manifiesta en actitudes como “sólo yo tengo la razón” o en la tendencia a excluir a los demás, a convertirnos en nuestro propio “centro del universo” y a aferrarnos a nuestro “templo interior” negándonos a que sea quebrantado. Si en la antigüedad los líderes religiosos judíos afirmaban que “el templo de Jerusalén es el centro del universo y cualquier persona debe someterse incondicionalmente al templo y al sacerdocio”, hoy nosotros podemos absolutizar edificios, instituciones o incluso nuestros sistemas de creencias internos, negándonos a la reconciliación con el prójimo y sin reconocer su valor, lo que revela una actitud autoexcluyente. Las palabras de Jesús “Destruid este templo” convocan a soltar esa actitud de egocentrismo y terquedad, para que Él, en tres días, levante un templo nuevo: el templo verdadero de Dios, que se inaugura mediante la cruz y la resurrección, y donde cualquiera puede entrar. En definitiva, en Cristo dejamos atrás el edificio material y adoramos a Dios en espíritu, viviendo en el amor.

Tras el episodio de Jn 2, Jesús sufre, de hecho, el rechazo de Anás y Caifás y de otros dirigentes sacerdotales, y ello desemboca en los acontecimientos relatados a partir de Jn 18: su arresto, juicio y crucifixión. Al apresar a Jesús y llevarlo de noche ante Anás (Jn 18:12-13), dieron a entender que no lo veían como un simple “maestro hereje”, sino como un rival grave que amenazaba su autoridad y su base económica. Por eso, usaron la afirmación “Destruid este templo” levantando falsos testigos y acusaciones contra Él. El mismo argumento se repitió cuando Esteban fue martirizado: “Este hombre afirma destruir el templo” (Hch 6:13-14). Es decir, tanto a Jesús como a Esteban se les acusó de hablar en contra de “este lugar santo (el templo) y de la Ley”, de intentar cambiar las normas transmitidas por Moisés, y aquello sirvió de pretexto para condenarlos en un juicio.

Para el pastor David Jang, lo primero que debemos comprender en la fe es que Jesús se enfrentó abiertamente al poder religioso y a la corrupción, y que, al morir en la cruz, inauguró el “verdadero templo” y el “verdadero culto”. El templo simbolizaba la presencia de Dios y era lugar de adoración, pero cuando se convierte en un cascarón vacío lleno de intereses humanos, codicia económica y justicia propia, se vacía de la presencia de Dios. Jesús limpió personalmente el templo (Jn 2:13-17), denunciando la corrupción del sistema y advirtiendo: “No hagáis de la casa de mi Padre una casa de comercio”. Ante ello, era lógico que surgiera una feroz oposición por parte de quienes se beneficiaban de dicho sistema. Finalmente, se confabularon para entregarlo a la cruz. No obstante, durante todo el proceso, Jesús asumió voluntariamente el sufrimiento de que “su cuerpo fuera derribado” y, a través de la resurrección, reveló la realidad del “nuevo templo”.

Es importante subrayar que la “purificación del templo” realizada por Jesús no fue una mera “limpieza del edificio”, sino una acción profética con la que vinculó su propia muerte. Cuando Él dijo “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Jn 2:19-21), se refería a su propio cuerpo y, al mismo tiempo, indicaba que la salvación de Dios se extendería más allá del sistema del templo físico de Jerusalén, abriendo sus puertas a la humanidad entera. El pastor David Jang explica que dentro de la orden “Destruid” resuena la invitación: “Abandonad vuestro sistema autorreferencial, vuestra codicia y poder, vuestro orgullo e injusticia. Yo abriré un camino nuevo mediante la muerte y la resurrección en la cruz”. Y esta llamada no se limita a la élite religiosa de hace dos mil años, sino que se aplica a la iglesia de hoy, que fácilmente puede quedar atrapada en la institucionalización, la herencia familiar, la ambición financiera y la búsqueda de poder.

En el Evangelio de Juan encontramos otro pasaje impactante en el capítulo 8, el episodio de la mujer sorprendida en adulterio. Según la Ley, los adúlteros debían ser apedreados (Lv 20:10; Dt 22:20-24). Los escribas y fariseos querían poner a Jesús a prueba preguntándole: “Moisés ordena que se apedree a esta mujer, pero tú, ¿qué dices?”; en el fondo, pretendían enfrentar a Jesús al dilema de “cumplir la ley o mostrar compasión”. La respuesta de Jesús fue “El que esté sin pecado, tire la primera piedra”, manifestando un orden nuevo de misericordia y perdón que trasciende la lógica de la Ley y sus castigos. No sabemos con certeza qué escribió Jesús en la arena, pero algunos han sugerido que podría tratarse de frases como “Perdonad”, “Examinad vuestros propios pecados” o “¿Cuál es la Ley que no lográis cumplir?”. Lo que importa es que, ante la mentalidad legalista de escribas y fariseos, Jesús no ignoró ni suprimió la Torá, sino que reveló el corazón último de Dios, su compasión y amor. Sin embargo, para las autoridades religiosas de la época, aquello equivalía a “cambiar la Ley” y se consideraba un acto de rebelión; la misma acusación cayó sobre Esteban.

Fue precisamente la firme enseñanza de un amor y misericordia que van más allá de la Ley lo que provocó el odio y la persecución de los poderes religiosos corrompidos o esclavizados por el formalismo legalista. Según el pastor David Jang, cuando olvidamos esta verdad, nuestra fe se rigidiza, absolutizamos nuestro “templo personal” y la iglesia se convierte en una “casa de negocios” carente de amor, perdón y libertad del Espíritu. Cuando convertimos en absoluto el “templo” que hemos construido –sea un edificio, un sistema o una doctrina–, desaparece el espíritu de la cruz, y sólo queda la norma de la ley para juzgar al prójimo. Esto reproduce la misma tragedia del sistema del templo de Jerusalén.

En Hechos 2, el suceso de la venida del Espíritu Santo inaugura la era del “nuevo templo” prometido por Jesús. Para una generación que vivía en un prolongado periodo sin ningún profeta, la irrupción del Espíritu en los 120 discípulos, con manifestaciones de lenguas, fue algo inaudito. Los judíos creían que sólo unos pocos elegidos podían recibir el Espíritu de Dios, pero ahora, gracias al sacrificio y a la resurrección de Jesús, se cumplió la profecía: “Derramaré mi Espíritu sobre mis siervos y mis siervas” (Jl 2:28-29), y el Espíritu vino sin distinción a los más pobres y marginados. El pastor David Jang describe este momento como “el inicio de la era de la gracia y el Espíritu que Jesús abrió al entregar su propio templo”. Ya no se trata de acudir a Jerusalén ni someterse al sistema de los sumos sacerdotes, sino que, a través de la cruz y de la resurrección de Cristo, se ha abierto una nueva dimensión donde todos podemos acceder directamente a Dios. Así, la iglesia es un cuerpo espiritual edificado con Cristo como piedra angular (Ef 2:20-22). Cuando Pablo dice en Efesios 2 que “Él es nuestra paz; de ambos pueblos ha hecho uno”, no se refiere sólo a la brecha entre judíos e incircuncisos, sino también a la inmensa separación entre el sistema cerrado del templo y la libertad del Espíritu, y más ampliamente a toda la humanidad herida por su egocentrismo. Con su cruz, el Señor derribó los muros y abrió la nueva creación.

¿Qué se requiere de nosotros ahora? El pastor David Jang insiste en que debemos responder a la invitación de Jesús de “Destruid este templo”. Que ya no adoremos un templo físico no significa que esté todo solucionado; debemos examinar si no subsiste en nuestra alma y en nuestras congregaciones alguna estructura patológica parecida a la de Anás y Caifás. A medida que las iglesias se hacen más grandes y se consolidan, o que pasa el tiempo y crecen sus tradiciones, surgen intereses personales, herencias familiares, problemas económicos y jerarquías de poder. Ante estos desafíos, hemos de recordar la determinación con la que Jesús volcó las mesas y gritó “No convirtáis la casa de mi Padre en cueva de ladrones”, así como su valiente mensaje “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. ¿Cómo recibimos este mensaje hoy?

Como respuesta, el pastor David Jang habla de una “espiritualidad centrada en la cruz”. Cuando Jesús entregó “el templo de su cuerpo” y murió, nos abrió un camino de vida auténtica, que consiste en renunciar en la cruz a nuestro egocentrismo, reconciliarnos con el prójimo, consagrarnos al servicio amoroso y encarnar la misericordia y la libertad del evangelio. Aunque la cruz simboliza el sufrimiento y la forma de muerte más penosa que sufrió Jesús, la “autoentrega en el amor” que encierra se tradujo en resurrección y en la llegada del Espíritu, inaugurando una nueva era. Si la iglesia se aferrara siempre a esta verdad, no erigiría “templos de piedra” para su propio provecho, sino que viviría en medio del mundo practicando el sacrificio, el perdón y la compasión de Cristo. La fe no se limita al culto dominical, sino que abarca toda la vida, siguiendo el camino de Jesús que “destruyó el templo” con su humildad y su amor abnegado.

Además, la invitación “Destruid este templo” interpela profundamente a cada individuo. Todos tenemos espacios intocables en nuestro interior, ese lugar que consideramos “mío” y que se convierte en nuestro “templo”. Puede ser el orgullo, la avidez por el dinero, el ansia de placer, o incluso un exagerado sentido de pertenencia a la familia, la nación o la cultura. Según David Jang, si no dejamos que el “templo personal” se rompa, no podremos aceptar el espíritu de la cruz que Jesús nos muestra. Jesús fue arrastrado a la casa de Anás, juzgado por Caifás y los escribas y fariseos, y finalmente crucificado, no sólo por contradecir sus tradiciones o herir su ego, sino porque insistió en que abandonaran el “templo erróneo” que defendían. Por tanto, podemos asistir a la iglesia e involucrarnos en distintas actividades, pero si no “destruimos” ese falso templo interior, nos limitaremos a condenar a los demás y a aferrarnos a nuestra propia “doctrina central”, terminando igual que quienes crucificaron a Jesús.

El Evangelio de Juan enlaza desde el principio (capítulo 2) el relato de la purificación del templo y el mandato “Destruid este templo”, con los capítulos finales (18 y 19) donde Jesús es apresado y llevado al patíbulo, para hacernos preguntar: “¿Por qué fue arrestado Jesús, contra qué se enfrentó y por qué murió?”. El autor describe con detalle cómo se lo llevaron ante Anás, las interrogaciones del sumo sacerdote sobre sus enseñanzas y discípulos, el paralelismo con las acusaciones contra Esteban, y la manera en que el Evangelio destaca la naturaleza del poder religioso de fondo. Al mismo tiempo, subraya que la salvación que Jesús trajo culmina en la construcción de un “nuevo templo” gracias al Espíritu. Al “destruirse” el cuerpo de Jesús en la cruz –al morir– y con la resurrección, se inauguró el tiempo del Espíritu Santo, donde todos pueden acercarse a Dios sin barreras. Ese es el desenlace del Evangelio de Juan.

Según el pastor David Jang, no debemos considerar este mensaje como un mero hecho histórico o como una gran hazaña de Jesús en el pasado, sino preguntarnos seriamente cómo se materializa hoy en nuestra vida y en las iglesias. Muchas congregaciones siguen dedicando grandes esfuerzos a erigir magníficos edificios, mientras dentro proliferan valores mundanos, luchas de poder, escándalos financieros, facciones y divisiones. Esto no dista tanto de lo ocurrido en el antiguo templo de Jerusalén. De ahí que la frase “Destruid este templo” todavía hoy nos incomoda. Pero si en esa incomodidad se produce la auténtica conversión, la iglesia puede convertirse en “casa de oración” y en “lugar de encuentro con Dios”. Lo mismo sucede a nivel personal. Incluso tras años de vida cristiana, puede que jamás hayamos permitido “destruir” esa parte de nosotros que no queremos soltar, y así no seguimos el camino de Jesús, que dejó que su propio “templo corporal” fuera derribado y luego resucitado. El evangelio no es simple teoría ni conocimiento intelectual, sino la decisión concreta de “poner en la cruz” el templo que hemos levantado con nuestro orgullo y codicia.

A este respecto, el pastor David Jang cita con frecuencia el concepto de “reconciliación” de Efesios 2. Pablo dice: “Él es nuestra paz, quien de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo la Ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre” (Ef 2:14-15). El Señor mismo se sacrificó para unirnos, derribando muros religiosos, étnicos y de estatus. Por eso, cuando la iglesia se fracciona en disputas, divisiones, o cuando el mundo se ve sumido en conflictos interminables, se está desoyendo el camino de reconciliación que Cristo abrió con su propio cuerpo. Podemos protestar: “¿Por qué tendría que reconciliarme con ellos?”, pero el mensaje de la cruz es que “el Señor se dejó destruir primero para acercarnos a Dios”, y así el muro con los enemigos pudo caer. Por tanto, “Destruid este templo” implica “tú también destrúyete, a ejemplo de Cristo, que se sacrificó por ti; suelta tu exclusivismo, tu soberbia y las estructuras injustas para acoger al otro”.

No hay que olvidar que todo esto va unido a la era del Espíritu. Incluso si anhelamos seguir a Jesús, nuestras fuerzas no bastan. Los discípulos, que tras la resurrección del Señor prometieron no abandonarlo, finalmente huyeron al momento de su captura. Pero en Hechos 2, al descender el Espíritu, se alzaron a predicar con valentía, sin retroceder ante los mismos líderes religiosos que tanto temían, proclamando que Jesús había muerto y resucitado. Incluso soportaron con gusto el peligro de muerte, declarando: “No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hch 4:20). Esto sólo fue posible por la intervención del Espíritu Santo. Según el pastor David Jang, no podemos separar el “Destruid este templo” de la venida del Espíritu Santo y del “nuevo templo” que se erige. La superación del sistema legalista y el acceso a un culto que trasciende el templo institucional sólo tuvieron lugar gracias a que Jesús dejó que se derrumbara “el templo de su carne” en la cruz, resucitó y luego derramó el Espíritu. Del mismo modo, nosotros sólo podemos recorrer este camino si suplicamos y confiamos en el Espíritu. La mera determinación humana no basta para superar la corrupción a lo Anás y Caifás, ni para vencer la codicia que mora en nuestro interior. Hemos de creer que el Espíritu nos ayuda a “destruir el templo” (nuestro egocentrismo) y a edificar la comunidad de amor y reconciliación que Dios desea.

El pastor David Jang recalca que cuando la iglesia se aferra de verdad al evangelio centrado en la cruz y a la acción del Espíritu, no se deja atar por la “falsa religión”, el afán económico ni el poder, sino que se expande como “templo de Dios” al mundo entero. Este “templo” no es de piedra, sino una realidad espiritual presente en cada persona y en cada comunidad comprada con la sangre de Jesús, donde ya no hay distinción de nación, clase social, sexo o edad, y todos juntos exaltan al Señor. En la iglesia primitiva fue un hecho asombroso que personas de etnias, culturas y estatus diversos (africanos, europeos, judíos, gentiles, hombres, mujeres, esclavos y libres) compartiesen la mesa. Aquello sólo podía explicarse como el fruto de la cruz que derriba muros y del milagro del Espíritu. Hoy, la iglesia está llamada a seguir el mismo camino. Debemos “destruir” los sistemas humanos, la codicia y la religiosidad vacía, y seguir creciendo en una iglesia que, en Cristo, practica el perdón, el cuidado mutuo y la hermandad sin derramamiento de sangre.

Sin embargo, la historia de la iglesia muestra repetidamente cómo “reconstruir el templo” en aparente “nombre de Dios” para satisfacer ambiciones humanas. Son muchos los ejemplos de lucha de poderes, herencia del liderazgo, acumulación de riquezas, colaboración con gobiernos injustos, etc. Todo esto significa rechazar las palabras de Jesús: “Destruid este templo”. Además, a nivel personal, hay quienes afirman ser cristianos pero siguen apegados a los valores mundanos y no se niegan a sí mismos. Puede que asistan a la iglesia y aparenten piedad, pero si no mueren al yo, la consecuencia lógica es juzgar a los demás, crear bandos y llegar a acuerdos con el poder de turno, tal como hicieron con Jesús. En tales casos, la orden “Destruid el templo que hay en vosotros” suena casi como una amenaza. Pero la promesa de la “resurrección al tercer día” nos abre a la esperanza de un nuevo comienzo. Sin la previa demolición, no hay reconstrucción. El pastor David Jang aplica este principio tanto a la reforma eclesial como al crecimiento individual: si la iglesia se corrompe, debe arrepentirse y derribar sin concesiones las estructuras deshonestas y la ambición; a su vez, cada uno ha de entregar ante el Señor el pecado que no ha querido soltar. Sólo así actúa el poder de la resurrección renovando por completo la vida y la iglesia.

“Destruid este templo” constituye, por tanto, una sentencia muy radical en el Evangelio de Juan, pero encierra la clave que integra la eclesiología, la soteriología y la pneumatología. Jesús podía decirle a Anás, durante su interrogatorio, “Yo he hablado abiertamente al mundo… Nada he hecho en secreto” (Jn 18:20), porque nunca ocultó la verdad para su propio beneficio o ambición; vivió coherente con la misión que culminó en la cruz. Así estableció el verdadero templo, y Pablo retoma la idea al llamar “templo del Espíritu” a nuestro propio cuerpo (1 Co 6:19), mientras que Jesús afirma: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros” (Jn 13:35). El auténtico templo no es el edificio ni la institución, sino la comunidad abierta que vive el amor y la entrega de sí, y que así refleja el reino de Dios.

El pastor David Jang exhorta a la iglesia coreana y a la iglesia universal a redescubrir estas enseñanzas. Las problemáticas de herencia pastoral, corrupción financiera, obsesión con el crecimiento numérico y la pugna por el poder dentro de muchas congregaciones actuales no difieren tanto de la mentalidad de Anás y Caifás, que usaron el templo para su propio beneficio. Incluso a nivel individual, debemos plantearnos si nuestra meta es realmente parecernos a Cristo y extender el evangelio a través del amor, o si estamos buscando satisfacción personal y prestigio social a través de la religión. Sin un sincero autoexamen, somos capaces de condenar cruelmente a los más débiles y de pactar con los poderes terrenos mientras ostentamos la fachada de la fe. Sin embargo, el verdadero evangelio nos llama a “morir con Cristo y vivir con Él” (cf. Gá 2:20), manifestando el fruto abundante del Espíritu Santo (Gá 5:22-23). Así pues, “Destruid este templo” significa “participad en la cruz y aferraos a la esperanza de la resurrección”. Quien transite por esta senda será rechazado por el poder religioso y el mundo, porque la luz expone las tinieblas y la verdad descubre la falsedad. Pero en medio de tal rechazo florece la vida de Dios. La historia de la iglesia confirma que el martirio de Esteban desató la persecución, pero también motivó a que los discípulos se dispersaran y anunciaran el evangelio más lejos (Hch 8:1-4). La iglesia siempre ha vivido la tensión de ser rechazada cuando obedece la orden “Destruid este templo”, pero ha renacido en la fuerza de la cruz y del Espíritu.

Por ello, no debemos eludir la pregunta: “¿Por qué colisionó Jesús con los poderes religiosos de su tiempo y por qué lo mataron?” La respuesta se halla en el mensaje revolucionario de “Destruid este templo” y en su determinación de anunciar el evangelio de la misericordia, más grande que la Ley (Stg 2:13). El amor y la compasión constituyen la esencia de las enseñanzas de Jesús, que nos insta: “Descubre esta verdad y vívela”. Si de veras la asimilamos, caerán muchos muros en la iglesia y en el mundo –muros de discriminación y odio, así como la obstinación y el deseo egoísta que rigen nuestro interior–, y se manifestará “el nuevo templo” prometido, una comunidad de la cruz y la resurrección. Según el pastor David Jang, ese es el porvenir de la iglesia y también su vocación esencial. La iglesia no se trata de un edificio, una denominación ni de un poder humano, sino de personas que encarnan en su vida la entrega de Cristo en la cruz. Este pueblo acoge a los más débiles, supera las diferencias con el amor y se une en la diversidad. Aunque la iglesia de hoy con frecuencia se olvide de esta llamada, el Espíritu de Dios sigue actuando con fuerza para renovarla. La misión de la iglesia no es introducir los valores mundanos del éxito y la prosperidad en el templo, sino obedecer la orden de Jesús de “destruir” toda barrera e injusticia para abrir un camino hacia la nueva creación. Para ello, nuestra oración no debe buscar “usar” a Dios, sino rendirnos plenamente a su voluntad, permitiendo que nuestro “templo” se quiebre y transformándonos según sus designios. El templo que Jesús limpió es la “casa de oración para todos los pueblos” (Mt 21:13; Is 56:7), donde no imperan el poder y la autoridad arbitraria, sino la justicia y la compasión de Dios, que exalta a los humildes y alivia a los afligidos.

Los capítulos 2 y 18 del Evangelio de Juan, en torno al mandato “Destruid este templo” y al complot de Anás y Caifás, resultan decisivos para entender por qué Jesús fue perseguido y crucificado. Asimismo, Jn 8 (el caso de la mujer adúltera) y Hch 7 (el martirio de Esteban acusado de “destruir el templo”) muestran con dramatismo cómo la propuesta de un amor y una libertad del Espíritu, que desafiaba la estructura legalista y sacrificial, provocaba una fuerte oposición. Pero aun siendo rechazado, Jesús cargó con la cruz hasta el final, y así inauguró el verdadero templo y la nueva era del Espíritu. Hoy, la iglesia y los creyentes debemos asumir esto como una realidad viva y no como un suceso del pasado. El mensaje “Destruid este templo” aún resuena, llamándonos a derribar el “templo del yo” y a dejar que el Señor levante en nosotros un nuevo templo. Ese templo es la comunidad de fe que vive el mandamiento “Amaos los unos a los otros”, se guía por el Espíritu y atiende las necesidades de los pobres y enfermos, encarnando el poder del evangelio –que hace que yo muera con Cristo y resucite con Él.

El pastor David Jang ha reiterado esta enseñanza en muchos de sus sermones y libros. Por más grande y bella que sea una iglesia, si le falta el espíritu de la cruz y la libertad del Espíritu, se convierte en un templo muerto. En cambio, aunque no tenga un edificio espectacular ni una multitud de fieles, si en ese lugar se vive la realidad de la cruz y el fuego del Espíritu, allí habita Dios. Así, el factor determinante no es el edificio, sino si la vida de Jesús se hace presente. Debemos aprender de los judíos que consideraban el templo de Jerusalén como el “centro del universo”, llenándose de soberbia y legalismo, hasta rechazar al Mesías que Dios envió. Cuando la religiosidad formal y el orgullo humano llenan nuestros corazones, estamos en riesgo de repetir la tragedia de condenar a Jesús como “blasfemo” por decir “Destruid este templo”. Esto se vio en la élite judía, y puede sucedernos hoy. Por eso hemos de estar alerta ante la llamada del Señor a “destruir el templo”. Es nuestro deber examinar si hay “templos” falsos en nuestro interior, en nuestra iglesia, en nuestra denominación o en la cultura cristiana. Si los hallamos, hemos de obedecer y derribarlos. Sólo así Dios puede resucitar el templo nuevo en “tres días”, simbolizando la nueva creación abierta con la resurrección.

La senda que Jesús recorrió fue la de la entrega, la humildad y el amor universal, y eso es lo que se nos pide a los discípulos. Si perdemos esta esencia del evangelio y nos quedamos en la prosperidad aparente y en la institucionalización del templo, repetimos la traición de quienes crucificaron a Jesús. Pero si escuchamos “Destruid este templo” y cargamos nuestra cruz, nos apoyamos en el Espíritu Santo y practicamos el amor y el servicio, viviremos la asombrosa experiencia de la vida que brota de la muerte. Ese florecimiento de vida es el “nuevo templo”. El pastor David Jang lo reitera incansablemente, invitando a los líderes y fieles a una sincera dedicación, al arrepentimiento y a anhelar la obra del Espíritu. Su énfasis consiste en que la gracia otorgada por Dios es inmensa, y bajo esa gracia hemos de negarnos a nosotros mismos. Aunque romper con nuestra naturaleza egocéntrica no es tarea fácil, Jesús ya abrió el camino en la cruz, y contamos con la promesa de la compañía del Espíritu para recorrerlo.

El relato de la purificación del templo en Juan 2 y la declaración de Jesús “Destruid este templo”, que desemboca en los hechos de Juan 18 (la conspiración de Anás y Caifás, el arresto y el interrogatorio de Jesús), aclaran la razón de su crucifixión, la naturaleza del verdadero templo, el sentido auténtico de la adoración y la inmensidad de la compasión divina. Cuando Jesús resucitó, ese mensaje se extendió y rompió todas las barreras, cumpliéndose con el Espíritu que alcanza tanto a judíos como gentiles sin distinción. Para el pastor David Jang y muchos otros líderes y teólogos, si la iglesia recupera esta esencia del evangelio, puede experimentar de nuevo la poderosa obra de la vida y el avivamiento. La historia testifica que siempre que la iglesia se ha aferrado sinceramente a la cruz y ha invocado al Espíritu, se han producido renovaciones y reformas. Así, “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” no es un grito de destrucción, sino una proclamación de restauración y nueva creación. El Señor llevó a cabo esta promesa haciéndose trizas en la cruz, la selló con su resurrección y el don del Espíritu, y ahora nos invita a seguirle por esa senda. Ahí se halla la esencia del evangelio y la vocación fundamental de la iglesia. Quizás, al seguir ese camino, choque con los poderes establecidos y deba afrontar rechazo o persecución, ya que la luz expone la oscuridad y desenmascara la religión falsa. Con todo, la vida y la paz de Dios se manifiestan precisamente ahí. La historia de la iglesia demuestra que, pese a la violenta oposición, abrazar la cruz y confiar en el Espíritu es la vía para el resurgir y la nueva creación.

Por tanto, recordemos el motivo del enfrentamiento de Jesús con las autoridades religiosas de su época y la razón de su crucifixión: su mensaje de “Destruid este templo”, su impulso de trascender la Ley mediante el amor y la compasión. El amor es mayor que la Ley, y la misericordia triunfa sobre el juicio (Stg 2:13): ese es el eje de la predicación de Jesús. Y Él nos sigue diciendo: “Compréndelo y practícalo”. Si obedecemos de veras esta palabra, caerán muchos muros en la iglesia y en el mundo, se derrumbarán la obstinación y los deseos egoístas de nuestro interior, y brotará el “nuevo templo”, la comunidad de la cruz y de la resurrección. El pastor David Jang lo considera el futuro y la vocación esencial de la iglesia, que no está definida por muros, denominaciones o poderes humanos, sino por la vida de entrega de Cristo. Ese pueblo acoge a los débiles y refleja la unidad en el amor, por encima de las diferencias. Aunque hoy a veces parezca que la iglesia olvida este llamado, el Espíritu Santo sigue obrando con fuerza para transformarla. Y su tarea no es adoptar la escala de valores mundana ni encumbrar el éxito, sino obedecer el mandato “Destruid este templo” para demoler toda injusticia y levantar un nuevo horizonte de creación. Ello requiere una forma de orar que no pretenda usar a Dios, sino rendirnos a su voluntad, para que “nuestro templo” se destruya y Él reine. El templo purificado por Jesús ha de ser “casa de oración para todas las naciones”, donde, en lugar de nepotismo y autoritarismo, reine la justicia y la misericordia de Dios, que exalta al humilde.

Así, el mensaje “Destruid este templo” en Juan 2 y 18 nos permite entender claramente la causa de la crucifixión de Jesús: su choque frontal con el poder religioso judío. Jn 8 (la mujer sorprendida en adulterio) y Hch 7 (la muerte de Esteban bajo la acusación de “destruir el templo”) ilustran la magnitud de la resistencia que provocaba el evangelio de amor, compasión y libertad del Espíritu. Pero Jesús, firme frente a esa oposición, abrazó la cruz hasta el final, inaugurando el verdadero templo y la era nueva del Espíritu. La iglesia y los creyentes actuales debemos acoger este hecho como una verdad viva. El “Destruid este templo” sigue resonando para nosotros. Cuando destruimos el “templo egocéntrico” que hay en nosotros, Él levanta uno nuevo en medio de la comunidad. Ese templo se manifiesta cuando vivimos el mandamiento “Amaos los unos a los otros”, seguimos la guía del Espíritu y atendemos al que sufre. Allí se hace tangible el poder del evangelio, donde morimos y resucitamos con Cristo. El pastor David Jang repite esta exhortación para que la iglesia y sus dirigentes se arrepientan de corazón y anhelen la obra del Espíritu. Aclara siempre que la gracia que nos dio el Señor es inconmensurable y que, por ello, hemos de renunciar a nuestro yo. Aunque renunciar a nuestro egocentrismo es difícil, Jesús ya abrió el camino en la cruz y nos asegura la presencia constante del Espíritu.

Juan 2 (la purificación del templo) y la declaración “Destruid este templo”, conectados con Juan 18 (la conspiración de Anás y Caifás, el arresto y el interrogatorio de Jesús), describen por qué tuvo que ser crucificado, qué es el templo genuino, qué significa la verdadera adoración y cuán grande es la compasión de Dios. Jesús, mediante su resurrección, echó por tierra toda barrera, y el Espíritu trajo unidad a judíos y gentiles. Para el pastor David Jang y numerosos teólogos y pastores, la restauración de este espíritu evangélico puede propiciar un nuevo despertar y una obra de vida en la iglesia, pues la historia confirma que cuando el pueblo cristiano ha abrazado sinceramente la cruz y ha clamado por la presencia del Espíritu, siempre ha brotado una reforma renovadora. Por tanto, “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” no es una mera consigna de devastación, sino un clamor de reconstrucción y nueva creación. El Señor la hizo realidad destruyendo su propio cuerpo en la cruz y resucitando, derramando después el Espíritu y llamándonos a seguirle. En ello radica la esencia del evangelio y la misión última de la iglesia. Por supuesto, los cristianos que respondan con fidelidad pueden enfrentar la misma oposición de la que Jesús fue objeto, porque la verdad expone la falsedad y la luz revela las tinieblas. Pero es en esa entrega donde se manifiesta la vida eterna y la paz de Dios. A lo largo de la historia de la iglesia, pese a la resistencia, cada vez que se abrazó la cruz y se recibió al Espíritu, se abrió un camino nuevo de creación y crecimiento.

Así que necesitamos grabar en el corazón la causa del enfrentamiento de Jesús con el poder religioso y de su muerte: su atrevido mensaje de “Destruid este templo” y su anuncio de una compasión más grande que la Ley. “El amor es mayor que la Ley, la misericordia triunfa sobre el juicio” (Stg 2:13): tal es el núcleo de su enseñanza. Y nos invita a apropiarnos de esta verdad y ponerla en práctica. Si de veras la abrazamos, caerán muros en la iglesia y en el mundo, se disiparán la intransigencia y el egoísmo que guardamos por dentro, y se revelará el “templo nuevo” de la comunidad crucificada y resucitada con el Señor. El pastor David Jang entiende que ahí se halla el futuro y la vocación perenne de la iglesia. Ésta no se define por un edificio ni por el poder, sino por quienes asumen la entrega de la cruz y comparten el amor con todos. Aun cuando hoy veamos que la iglesia puede olvidar este llamado, el Espíritu sigue forjando su renovación. Su misión no radica en glorificar el éxito y la prosperidad terrenales, sino en obedecer la palabra “Destruid este templo” y derribar toda barrera y toda injusticia. Para ello, necesitamos una oración que no utilice a Dios como un medio, sino que ponga en sus manos nuestro “templo” de orgullo, aceptando plenamente la voluntad divina. Cuando Jesús purificó el templo, lo definió como “casa de oración para todas las naciones” (Is 56:7; Mt 21:13), un espacio regido por la compasión y la justicia de Dios, que exalta a los humildes en vez de respaldar a los poderosos.

El capítulo 2 y el capítulo 18 de Juan, centrados en “Destruid este templo”, explican la razón del conflicto que llevó a Jesús a la cruz. Los relatos de la mujer adúltera (Jn 8) y de Esteban (Hch 7) hacen evidente la virulenta oposición que generaba un evangelio de amor, compasión y libertad del Espíritu que desafiaba la estructura legalista. Pero aun frente a esa oposición, Jesús sostuvo su misión hasta la cruz y trajo el verdadero templo y la nueva era del Espíritu. Hoy, la iglesia y cada cristiano estamos llamados a acoger esto como algo vivo y actual. La orden “Destruid este templo” sigue resonando: sólo si dejamos que el “templo de nuestro yo” se desmorone, el Señor erigirá su templo en medio de nosotros. Ese templo es la comunidad de fe que vive el mandamiento de amarnos unos a otros, obedeciendo al Espíritu y sirviendo a los necesitados, encarnando la potencia del evangelio, la de morir y resucitar con Cristo. El pastor David Jang insiste en todo esto para que quienes lideran y forman parte de la iglesia anhelen la obra del Espíritu mediante la entrega y el arrepentimiento. Su enseñanza reitera que la gracia del Señor es inmensurable, pero que hemos de renunciar a nosotros mismos para vivirla. Aunque no sea nada fácil romper con la naturaleza egocéntrica, el camino quedó allanado por la muerte de Jesús, y el Espíritu nos acompaña.

El conjunto de episodios en Jn 2 (la purificación del templo), la declaración “Destruid este templo” y lo narrado en Jn 18 (la conspiración de Anás y Caifás, el arresto y el interrogatorio de Jesús) deja claro el sentido de la crucifixión: la confrontación con el poder religioso corrupto, la esencia del verdadero templo, la auténtica adoración y la inmensidad de la compasión de Dios. Al resucitar, Jesús derribó todas las barreras, cumpliendo su promesa en la llegada del Espíritu que unifica a todos los pueblos. Para el pastor David Jang y muchos otros, si la iglesia recobra por completo este espíritu, volverá a experimentar el avivamiento. La historia atestigua que cuando la iglesia ha abrazado la cruz y clamado por el Espíritu, siempre ha habido renovaciones. Por eso, “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” no es una declaración destructiva, sino la promesa de una restauración profunda. El Señor la realizó dando su cuerpo en la cruz y, al resucitar, selló ese nuevo pacto, invitándonos a seguirle por esa senda. Aquí radica el centro del evangelio y la misión última de la iglesia. Aunque en ese camino haya choque con los poderes establecidos, sufrimiento e incluso martirio, ahí mismo brota la vida de Dios. Al igual que ocurrió con Esteban, cuya muerte impulsó la expansión misionera (Hch 8:1-4), la iglesia siempre ha enfrentado la oposición del mundo cuando obedece el “Destruid este templo”, pero con la cruz y el Espíritu ha renacido y encauzado la nueva creación.

Por ende, no eludamos las preguntas: “¿Por qué se enfrentó Jesús a los líderes religiosos de la época y por qué murió?”, cuya respuesta reside en el mensaje desafiante “Destruid este templo” y su anuncio de un amor y misericordia que superan la Ley. El amor prevalece sobre la Ley y la misericordia vence al juicio (Stg 2:13), y esto alimenta toda la enseñanza de Jesús. Además, Él nos urge a comprenderlo y practicarlo. Si lo hacemos de corazón, los muros de la iglesia y del mundo, la discriminación y el odio, así como la testarudez y el ansia egoísta, se derrumbarán. Entonces nacerá el “templo nuevo”: la comunidad de la cruz y de la resurrección en este mundo. El pastor David Jang afirma que tal es el futuro de la iglesia y su vocación ancestral. La iglesia no se define por muros ni por ciertas denominaciones, sino por un pueblo que hace vida el sacrificio de Cristo y se une por encima de cualquier diferencia. Aunque a veces la iglesia actual parezca olvidar tal llamado, el Espíritu sigue moldeándola con su poder innegable. Su auténtica tarea no es encumbrar valores mundanos ni exaltar el éxito, sino cumplir la palabra del Señor: “Destruid este templo”, derribando las barreras y desatando la nueva creación. Para ello, nuestra oración no se dirige a que Dios satisfaga nuestros intereses, sino a humillarnos y obedecerlo de todo corazón. Allí donde Jesús purificó el templo, ha de reinar la compasión y la justicia de Dios, no el poder de turno; ése es el sentido de la “casa de oración para todos los pueblos” (Is 56:7).

El “Destruid este templo” de Juan 2 y 18, con su trasfondo de conflictos con Anás y Caifás, refleja por qué Jesús fue llevado a la cruz. La historia de la mujer adúltera en Jn 8 y la muerte de Esteban en Hch 7, ambos acusados de “destruir” la Ley y el templo, confirman el violento rechazo que suscita la buena nueva de la compasión y la libertad en el Espíritu. Aun así, Jesús, afrontando esa hostilidad, fue fiel hasta la cruz y así abrió el verdadero templo y la era del Espíritu. Hoy, la iglesia y los cristianos debemos considerar esto como un hecho vivo. El mensaje “Destruid este templo” sigue resonando en nuestro presente. Igual que Jesús permitió la demolición de “su cuerpo-templo” para abrir un nuevo horizonte con su resurrección, también en nosotros debe derrumbarse el “templo del yo” para que nazca la comunidad del amor. Ese templo se fundamenta en el mandamiento de amarnos unos a otros, en la guía del Espíritu y en el cuidado de los vulnerables, reflejando el poder redentor del evangelio: “He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (cf. Gá 2:20). El pastor David Jang ha enfatizado repetidamente este mensaje, exhortando a la iglesia y a sus líderes a buscar la transformación sincera y la efusión del Espíritu. Subraya incesantemente que la gracia del Señor es enorme y que debemos renunciar a nosotros mismos para recibirla. Aunque sea dura la renuncia a nuestro ego, podemos recorrer el camino que Él ya abrió por medio de su muerte, contando con la promesa de la compañía del Espíritu.

En conclusión, el capítulo 2 de Juan (la purificación del templo y el “Destruid este templo”) y el capítulo 18 (la conspiración de Anás y Caifás, el arresto y juicio de Jesús) explican el porqué de la muerte de Jesús, la naturaleza del verdadero templo y el sentido de la adoración y del amor divino. Su resurrección abrió un camino nuevo, al derribar con su cruz todas las barreras, y derramando el Espíritu, que hace posible la unidad entre judíos y gentiles. Para el pastor David Jang y otros muchos, esta esencia evangélica, si se recupera de pleno, devolverá la vitalidad y el despertar a la iglesia. A lo largo de la historia, siempre que el pueblo de Dios abrazó la cruz y clamó por el Espíritu, surgieron la renovación y el avivamiento. Por ello, “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” no es una proclama destructiva, sino el anuncio de la verdadera restauración. Jesús mismo la cumplió muriendo, resucitando, enviando al Espíritu y llamándonos a seguirle. Éste es el meollo del evangelio y la meta suprema de la iglesia. Aunque nos topemos con la resistencia del poder religioso y del mundo, así como con el sufrimiento e incluso la muerte, ahí florece la vida de Dios. Tal como Esteban fue el primer mártir que, con su sangre, impulsó la expansión del evangelio, la iglesia ha atravesado la historia obedeciendo la voz “Destruid este templo”, pero levantándose con la fuerza de la cruz y del Espíritu en la creación renovada.

Así, “¿Por qué colisionó Jesús con los líderes religiosos y por qué lo mataron?” No rehuyamos la respuesta: Él anunció con audacia “Destruid este templo” y encarnó una misericordia y un amor que superaban la Ley. El amor es más grande que la Ley, y la compasión prevalece sobre el juicio (Stg 2:13). Ése es el eje del evangelio de Jesús, quien nos urge a entender y practicar sus enseñanzas. Si lo hacemos, caerán nuestras murallas, se extinguirá la discriminación y el odio, y con ellas la tozudez y la concupiscencia que alberga nuestro interior. Entonces aparecerá el “templo nuevo” que brota de la cruz y la resurrección. El pastor David Jang considera que ese templo es el futuro de la iglesia y la vocación que recibe desde sus orígenes: no un edificio ni un sistema humano, sino un pueblo que vive el sacrificio de Cristo, socorre al vulnerable y se une más allá de toda división. Aunque hoy en día a menudo se pierda de vista esta vocación, el Espíritu sigue renovando la iglesia con su poder irresistible. Nuestra misión no consiste en traer el mundo y su escala de valores al templo, sino en obedecer “Destruid este templo” y demoler las paredes de la injusticia, abriendo el camino hacia la nueva creación. Para ello, necesitamos una oración que no busque manejar a Dios, sino doblegar nuestro orgullo y someternos a su voluntad. Cuando Jesús purificó el templo, lo definió como “casa de oración para todos los pueblos” (Is 56:7; Mt 21:13), donde rigen la compasión y la justicia divinas, no la tiranía de los poderosos.

El Evangelio de Juan, desde su capítulo 2 al 18, nos muestra que “Destruid este templo” es la razón directa del conflicto con los jerarcas religiosos, la causa por la que Jesús fue entregado y crucificado. Juan 8 (la mujer adúltera) y Hechos 7 (la acusación a Esteban de querer “cambiar la Ley” y “destruir el templo”) retratan vívidamente la resistencia que despierta el amor y la libertad en el Espíritu ante la estructura normativa y sacrificial. Pero Jesús, firme ante ese rechazo, cargó con la cruz hasta el fin, y abrió el verdadero templo y la era del Espíritu. La iglesia y cada cristiano deben acoger hoy esta enseñanza como algo vivo. “Destruid este templo” no es un dicho del pasado. Se nos dirige ahora, y si permitimos que se derrumbe el “templo de nuestro yo”, el Señor levantará un templo nuevo. En ese templo, la gente se ama mutuamente, actúa bajo la guía del Espíritu y cuida de los pobres y enfermos. Allí se hace patente el poder del evangelio, el morir y resucitar con Cristo. El pastor David Jang ha insistido mucho en ello, exhortando a líderes y creyentes a arrepentirse y anhelar el obrar del Espíritu, enfatizando siempre la magnitud de la gracia divina y nuestra necesidad de negarnos a nosotros mismos. Aunque sea complejo romper con nuestro ego, Jesús ya nos abrió el camino en la cruz y nos ofreció la presencia de su Espíritu para acompañarnos.

De este modo, el relato de la purificación del templo y el mandato “Destruid este templo” (Jn 2), en conexión con los sucesos de Jn 18 (la trama de Anás y Caifás, el arresto y proceso de Jesús), expone por qué había de morir crucificado, cuál es el verdadero sentido del templo y de la adoración, y la grandeza del amor de Dios. Con la resurrección, Jesús inauguró una realidad nueva, una vida sin barreras, y derramó el Espíritu para unir a todos en un solo pueblo. Si la iglesia de hoy abraza esta verdad –sostiene David Jang–, experimentará una renovación genuina. En la historia, siempre que la iglesia abrazó la cruz y clamó al Espíritu, surgió la reforma. “Destruid este templo y en tres días lo levantaré” no es una llamada a la aniquilación, sino un anuncio de redención y nueva creación. Cristo la cumplió dando su propio cuerpo en la cruz y resucitando para sellar la promesa, invitándonos a recorrer su senda. En ello consiste el meollo del evangelio y la razón de ser de la iglesia. Aun cuando los poderes establecidos se opongan, y debamos sufrir o incluso enfrentar el martirio, allí es donde florece la vida divina. Como se ve en la historia de Esteban, cuya muerte supuso la extensión del mensaje, la iglesia ha enfrentado ataques cada vez que ha obedecido el “Destruid este templo”, pero perseverando con la cruz y el Espíritu ha renacido y encaminado la nueva creación.

Por eso, hoy nos toca grabar en el corazón que Jesús chocó con los líderes religiosos y murió a causa de su audaz consigna de “Destruid este templo” y de su anuncio de un amor y misericordia superiores a la Ley. Es el amor mayor que la Ley, la compasión que triunfa sobre el juicio (Stg 2:13), el corazón de su enseñanza, que Él nos insta a vivir. Si asumimos realmente este mensaje, caerán las barreras de la iglesia y del mundo, el odio y la discriminación, y el egoísmo y la obstinación que nos ciegan. Entonces, según su promesa, se levantará “en tres días” el templo nuevo de la cruz y la resurrección. El pastor David Jang subraya que ésa es la misión histórica y el futuro de la iglesia: no un edificio, sino una comunidad que practica el amor sacrificial de Cristo, integrando con igualdad a todos. Aunque hoy veamos sombras de olvido, el Espíritu permanece obrando poderosamente. En definitiva, la misión de la iglesia no es cantar la prosperidad ni construir templos monumentales, sino obedecer las palabras “Destruid este templo” y derribar toda injusticia para abrir paso a la nueva creación. Ello implica que nuestra oración se haga sumisión sincera a la voluntad de Dios, dejando que el “templo” de nuestro ego se derrumbe. Sólo así la iglesia deviene de veras “casa de oración para todos”, donde los poderosos no imponen su ley, sino que se instaura la compasión y la justicia del reino de Dios.

Así concluye el hilo que une Juan 2 con Juan 18: la orden “Destruid este templo” se alza como la razón inmediata del conflicto de Jesús con los sumos sacerdotes, el motivo de su aprehensión y de su condena. A la vez, Jn 8 y Hch 7, con las acusaciones contra la mujer adúltera y contra Esteban, ilustran con fuerza cómo el evangelio de amor y libertad en el Espíritu se percibe como una amenaza al orden religioso legalista. No obstante, Jesús soportó hasta la cruz, inauguró el verdadero templo y la nueva era del Espíritu. La iglesia de hoy y cada creyente han de reconocer en este relato no sólo un hecho histórico, sino un mensaje vivo: “Destruid vuestro propio templo, para que Dios levante uno nuevo”. Así brota la comunidad centrada en el amor mutuo, la guía del Espíritu y la atención al desvalido, donde se revela la fuerza transformadora del evangelio que hace que muramos y resucitemos con Cristo. Según el pastor David Jang, ésta es la clave de todo su predicar: que la iglesia y cada uno volvamos al arrepentimiento y la búsqueda del Espíritu, recordando lo inmensa que es la gracia divina y lo necesario que es negarnos a nosotros mismos. Aunque sea difícil desmontar nuestro ego, Jesús ya mostró el camino y prometió la ayuda del Espíritu.

Juan 2 (purificación del templo y la frase “Destruid este templo”) y Juan 18 (conspiración, arresto e interrogatorio de Jesús) exhiben el porqué de la crucifixión, el sentido auténtico del templo, la adoración y el amor de Dios. Con la resurrección, Jesús quebró muros y cumplió la promesa del Espíritu, uniendo a los distantes. Para el pastor David Jang y otros, si la iglesia recupera esta verdad, verá un nuevo despertar. La historia avala que, cuando la iglesia se aferró a la cruz y clamó por el Espíritu, llegó la renovación. Por eso, “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” no es un clamor de ruina, sino el anuncio de la restauración. El Señor lo efectuó dando su cuerpo en la cruz y resucitando, enviándonos su Espíritu y pidiéndonos seguirle por ese sendero: la esencia del evangelio y la misión última de la iglesia. Aunque enfrentemos oposición y sufrimiento, allí florece la vida. Y, como muestra el caso de Esteban, las persecuciones no frenan el avance del evangelio, sino que lo impulsan aún más. Así, siempre que la iglesia escuchó “Destruid este templo” y se mantuvo fiel a la cruz y al Espíritu, emergió la nueva creación.

Por ello, no evitemos la cuestión: ¿por qué Jesús se opuso al sistema religioso y murió? Fue por esa palabra revolucionaria: “Destruid este templo”, y por la proclamación de un amor y una misericordia que superan la Ley. Su enseñanza gira en torno a un amor más grande que la Ley, y una compasión que vence al juicio (Stg 2:13). Él nos urge: “Entiéndelo y practícalo”. Si de verdad respondemos, en la iglesia y en el mundo caen muchos muros, cesan la discriminación y el odio, y en nosotros se deshace la obstinación y el ego. Entonces se alza el “nuevo templo”, la comunidad que vive la cruz y la resurrección. David Jang opina que ése es el destino y la vocación primigenia de la iglesia. Ella no se basa en construcciones ni poderes, sino en personas que encarnan la entrega de Cristo y se unen en el amor. Hoy, aunque la iglesia a veces olvide esa vocación, el Espíritu sigue transformándola. Cumplirla no es introducir en la casa de Dios el éxito mundano, sino obedecer el llamado “Destruid este templo” para derribar toda injusticia y manifestar la nueva creación. Esa obediencia requiere una oración que no “use” a Dios, sino que someta nuestro orgullo al Señor. Cuando Jesús purificó el templo, dijo que debía ser “casa de oración para todos los pueblos” (Is 56:7; Mt 21:13), donde la compasión de Dios subvierte el orden autoritario que enaltece a los poderosos.

Los capítulos 2 y 18 de Juan recalcan que “Destruid este templo” fue la chispa inmediata del conflicto con el sumo sacerdote, conduciendo a la muerte de Jesús. Juan 8 y Hechos 7 ilustran vívidamente la hostilidad que genera la compasión y la libertad del Espíritu frente a la estructura legalista y sacrificial. Aun así, Jesús perseveró hasta el final, abriendo el templo real y el tiempo del Espíritu. Hoy nos corresponde acoger esta verdad. “Destruid este templo” no es algo del pasado: suena para nosotros ahora. Si echamos abajo nuestro “templo interior” egocéntrico, el Señor levantará un templo nuevo, donde el amor fraterno, el Espíritu y la atención a los más vulnerables evidencian la potencia real del evangelio: morir y resucitar con Cristo. El pastor David Jang lo subraya repetidamente, llamando a la iglesia y a los fieles a la entrega, a la conversión y a anhelar la acción del Espíritu, recordando que la gracia del Señor es enorme y que por ello debemos negarnos a nosotros mismos. Aunque cueste dejar atrás nuestro yo, la cruz de Jesús ya nos abrió el camino y el Espíritu nos fortalece.

Así, la progresión de Juan 2 a Juan 18 –la purificación y la frase “Destruid este templo”, el complot de Anás y Caifás, el arresto y la condena de Jesús– revela por qué tenía que morir crucificado, cuál es el verdadero sentido del templo y de la adoración, y la fuerza del amor de Dios. Con su resurrección, Él derribó todas las murallas y cumplió la promesa del Espíritu, uniendo a unos y otros. Para el pastor David Jang y muchos otros, la iglesia puede experimentar un nuevo florecimiento si retoma este fundamento evangélico. La historia demuestra que, cuando ha abrazado la cruz y pedido al Espíritu, ha recibido la renovación. “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” no es una sentencia de destrucción, sino de recreación. Jesús la consumó al entregar su cuerpo y resucitar, y nos invita a seguirle. Ésa es la esencia del evangelio y el fin último de la iglesia. Si resistimos y sufrimos, no debemos extrañarnos, pues la verdad denuncia la hipocresía y la luz revela la oscuridad. Pero precisamente ahí brota la vida eterna. Como sucedió con Esteban, la persecución desencadena la expansión del reino. Así, la iglesia siempre ha afrontado la lucha de “Destruid este templo”, pero, abrazando la cruz y el Espíritu, ha dado pasos hacia la nueva creación.

No olvidemos: Jesús desafió a los dirigentes religiosos y murió porque proclamó “Destruid este templo” y vivió un amor que supera la Ley. El amor es mayor que la Ley y la misericordia triunfa sobre el juicio (Stg 2:13). Ése es el meollo de su evangelio, que nos enseña a encarnar. Si lo hacemos, la iglesia y el mundo verán desmoronarse sus muros, la discriminación y el odio, y se desarraigará el egocentrismo. Entonces nacerá el “nuevo templo” de la comunidad crucificada y resucitada con Cristo. Éste, según David Jang, es el llamado que la iglesia recibe desde siempre. La iglesia no es un edificio ni un poder humano, sino personas que reflejan la entrega de Cristo y viven unidas en el amor, atendiendo al que sufre y superando barreras. Aunque en ocasiones la iglesia parezca olvidar su llamada, el Espíritu sigue actuando. Su misión no consiste en promover el éxito mundano, sino en obedecer “Destruid este templo” para tumbar toda estructura injusta y aportar nueva vida a la creación. Esto exige que nuestra oración se rinda plenamente ante Dios, demoliendo el “templo” que es nuestro orgullo. Allí donde Jesús limpió el templo, ha de permanecer “la casa de oración para todos”, donde Dios exalta al humilde y derrama su compasión.

El fluir completo del Evangelio de Juan, desde el capítulo 2 al 18, explica que “Destruid este templo” provocó el conflicto con la cúpula religiosa, justificando la entrega de Jesús a la cruz. Juan 8 (la acusación a la mujer adúltera) y Hechos 7 (la de Esteban) reflejan el rechazo que despierta el evangelio de la misericordia y la libertad frente a la Ley. Pero Jesús soportó todo hasta la cruz, abriendo el nuevo templo y la era del Espíritu. Hoy, la iglesia y los cristianos debemos acoger esto como presente. “Destruid este templo” aún resuena, llamándonos a derribar el “templo del yo”. Entonces el Señor levantará un templo nuevo en nuestra comunidad. Ese templo refleja el amor recíproco, la guía del Espíritu y el servicio a los necesitados, reproduciendo el poder del evangelio, donde morimos y renacemos con Cristo. El pastor David Jang lo ha remarcado, instando a líderes y fieles al arrepentimiento y la búsqueda sincera del Espíritu, advirtiendo que la gracia inmensa de Dios exige abnegación. Aunque no sea simple vaciarnos de nuestro ego, la vía de la cruz está abierta y el Espíritu nos acompaña.

De esta manera, Juan 2 y 18 (la purificación del templo, la frase “Destruid este templo”, el complot de Anás y Caifás, el arresto e interrogatorio de Jesús) dejan patente la causa de la cruz, la definición del templo, el sentido de la adoración y la magnitud del amor divino. La resurrección de Jesús rompió barreras, y el Espíritu unió a la humanidad. Para el pastor David Jang, esta verdad puede reavivar la iglesia si la recobramos a plenitud. La historia eclesiástica muestra que siempre que se puso el énfasis en la cruz y en el Espíritu, surgió una transformación. Por consiguiente, “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” es, ante todo, un anuncio de regeneración. El Señor lo cumplió ofreciéndose en la cruz, resucitando y enviando al Espíritu, pidiéndonos que sigamos sus pasos. Es el centro del evangelio y la misión final de la iglesia. Aunque el mundo y los poderes religiosos se opongan, y ello conlleve sufrimiento y quizá la muerte, es allí donde se revela la vida de Dios. Así lo confirma la historia de Esteban: su martirio desencadenó la expansión del evangelio. Y así la iglesia, obedeciendo “Destruid este templo” y sosteniéndose en la cruz y el Espíritu, ha avanzado siempre hacia la nueva creación.

Por ende, debemos reflexionar y decidir: Jesús se enfrentó al poder religioso y murió por su anuncio radical de “Destruid este templo” y su práctica de una misericordia y un amor que iban más allá de la Ley. El amor supera a la Ley, y la compasión vence al juicio (Stg 2:13). Ese es el corazón de su predicación, y Él nos ordena vivirlo. Si de verdad lo aceptamos, caerán los muros en la iglesia y en el mundo, disminuirán la división, la discriminación y la violencia, y se erradicará nuestro egocentrismo. Entonces, conforme a la promesa, surgirá el “templo nuevo” de la cruz y la resurrección. El pastor David Jang insiste en que esto define el destino de la iglesia desde sus orígenes. Si la iglesia sucumbe a la tentación de imitar la estructura de Jerusalén para su propio provecho, repite la tragedia de los sumos sacerdotes. Pero si obedece “Destruid este templo” y camina con el Espíritu, se hace realidad el plan de Dios. Esta obediencia requiere orar sin pretender manipular a Dios, dispuestos a demoler nuestro propio templo interior. Sólo así la casa de Dios se convierte en “casa de oración para todos los pueblos”, donde reina la justicia y el amor divino, no el poder dominante.

En conclusión, el pastor David Jang entiende que toda esta cadena de hechos –desde la purificación del templo en Jn 2, pasando por el mandato “Destruid este templo” y el conflicto con Anás y Caifás en Jn 18, hasta la crucifixión y resurrección de Jesús– revela el auténtico sentido de la muerte de Cristo y su resurrección. Muestra además qué es el verdadero templo, la verdadera adoración y el alcance del amor de Dios. A través del Espíritu, cualquier persona puede acceder a esta salvación sin barreras. Cuando la iglesia ha comprendido y vivido este mensaje, siempre ha experimentado el poder transformador del evangelio. Por eso, “Destruid este templo” no es un mensaje anacrónico, sino una palabra viva que nos insta a derribar toda falsedad religiosa y a abrirnos a la nueva creación. Cristo ya recorrió esa vía con su muerte y su resurrección, y ahora nos llama a seguirle, conscientes de que, si bien el mundo puede rechazar la luz, ahí es donde nace la verdadera vida y la gloria de Dios. El libro de los Hechos demuestra que, ante la persecución, los discípulos llevaron el evangelio aún más lejos. Así, la historia de la iglesia ha sido la de muchos que respondieron a “Destruid este templo” y, apoyados en el Espíritu, experimentaron renovaciones que abrieron caminos de justicia y fraternidad.

Éste es el clímax del mensaje que David Jang, entre otros, ha insistido en predicar: la urgencia de mantener viva la centralidad de la cruz y de la venida del Espíritu en la vida de la iglesia. No importa cuán grande o hermosa sea una construcción; sin el amor y la libertad de la cruz, se convierte en un “templo muerto”. En cambio, aunque sea modesta la edificación o pocos los miembros, si el fuego del Espíritu y la vida de la cruz laten en esa comunidad, allí está el verdadero templo de Dios. Es cuestión de si la iglesia encarna, o no, la senda de Jesús. Y la advertencia sigue en pie: si nos aferramos a sistemas de poder y religiosidad superficial, podemos terminar rechazando a Jesús igual que los líderes judíos rechazaron su llamado a “Destruid este templo”. Por tanto, escuchemos su voz, derribemos nuestros “templos” y aguardemos que Él los levante de nuevo con su resurrección, para que, en la entrega y el servicio, se manifieste la vida que brota del evangelio. Éste es el camino que Cristo nos abrió, y es la razón de ser de la iglesia. Quien lo siga, como Esteban, podrá sufrir, pero conocerá la fuerza transformadora de la resurrección. “Destruid este templo” sigue proclamándose, y la decisión nos corresponde a nosotros. Que la crucifixión y resurrección de Cristo sean el fundamento sobre el que se erija nuestro auténtico templo en la acción del Espíritu. Allí, en ese amor, justicia y santidad, se revela la gloria de Dios en medio del mundo.

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