Conocimiento sublime – Pastor David Jang 


1. La excelencia del conocimiento de Cristo

El mensaje que el apóstol Pablo comunica en la carta a los Filipenses muestra con toda claridad que ningún tipo de conocimiento puede compararse con el de conocer a Jesucristo. En este mundo existe una cantidad incontable de saberes: filosofía, ciencia, literatura… Al pensar en la multitud de disciplinas y la vasta información disponible, nos damos cuenta de cuán inmenso es el caudal de conocimiento, tanto que apenas podemos abarcarlo. Al igual que reza el viejo adagio occidental “El conocimiento es poder” (“Knowledge is power”), el saber puede ser una fuente de poder. Sin embargo, el conocimiento más supremo y excelente, según Pablo, es el “conocimiento del Señor, el Evangelio”. Este no se limita a la esfera intelectual o académica, sino que es un conocimiento espiritual otorgado por la luz de la verdad que Dios brinda.

El pastor David Jang ha reflexionado profundamente en la confesión de Pablo y ha subrayado en múltiples ocasiones por qué el conocimiento de Cristo es tan excelso. De acuerdo con su enseñanza, este conocimiento es sublime porque trasciende cualquier valor mundano, logro académico o satisfacción intelectual, y se conecta con la vida eterna. El conocimiento del mundo puede ser útil durante nuestra estancia en la tierra; incluso puede aportarnos fama o riqueza. Pero ese conocimiento no trasciende la muerte. Por el contrario, el conocimiento de Cristo encierra el poder de vencer el pecado y la muerte, capacitándonos para participar en la resurrección.

Al escribir a los creyentes de Filipos, Pablo explica que, conforme a los estándares de este mundo, él poseía un linaje y un prestigio impresionantes. Era de la tribu de Benjamín, recibió la circuncisión al octavo día de nacer como un judío ortodoxo, y describe con qué fervor había seguido la justicia que proviene de la ley. Al decir que tenía motivos para “confiar en la carne”, Pablo indica que, externamente y según los criterios de su época, poseía innumerables razones de orgullo.

El pastor David Jang detalla cuán encomiables eran estos logros y este trasfondo en el contexto de la sociedad judía de entonces. La tribu de Benjamín era famosa por su valentía guerrera, y el título “hebreo de hebreos” se otorgaba a quienes preservaban la pureza de su linaje y la tradición legal. En cuanto al celo por la ley, era fariseo, perteneciente a un grupo distinguido de aproximadamente seis mil personas en aquella época. Sin embargo, a pesar de todo su bagaje, Pablo declara con valentía: “Lo que yo he obtenido es a Cristo”. Y proclama: “Para ganar a Cristo, estimo todo lo demás como basura”.

La confesión de Pablo causó gran conmoción tanto dentro como fuera de la Iglesia. A ojos de la gente, resultaba extraño y difícil de entender que él abandonara su posición, prestigio y los privilegios religioso-sociales que podía disfrutar, todo por creer en Jesucristo. No obstante, Pablo se defiende afirmando que, sin ningún remordimiento, consideró todo como pérdida para obtener un conocimiento más elevado. Para él, esto es así porque el conocimiento de Cristo es incomparablemente más sublime que cualquier otra cosa.

El pastor David Jang, yendo un paso más allá, suele citar ejemplos que atestiguan la historia de la Iglesia. Se refiere a los misioneros que, en una época en la que las potencias occidentales apenas conocían los lejanos países de Oriente—el continente africano, el continente asiático o las islas del Pacífico Sur—, partieron a llevar el Evangelio. Muchos de ellos poseían títulos universitarios, fortuna o una vida acomodada, pero lo dejaron todo para emprender peligrosas travesías marítimas y adentrarse en culturas desconocidas. ¿Por qué se atrevieron a semejante sacrificio? Porque, según creían, la asombrosa verdad del Evangelio descubierta en Cristo valía más que todo lo que habían dejado atrás.

Así, quienes han conocido personalmente a Jesucristo y han entendido Su inmenso valor experimentan la paradoja de “poder dejar atrás” las cosas no porque sea fácil desprenderse de ellas, sino porque “ganaron algo más grande”. El pastor David Jang remite a la confesión de Pedro y Juan cuando dijeron: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy”, enfatizando que nosotros también poseemos este don más precioso y eterno que es “Cristo”. Cuando nos aferramos verdaderamente al Evangelio, adquirimos la fuerza de renunciar a todo sin quedar atrapados en la opinión del mundo ni en sus juicios.

Ahora bien, conviene preguntarse: ¿en qué consiste ese “conocimiento de Cristo” del que habla Pablo y por qué es el bien supremo? Pablo explica que, antes de descubrir quién era realmente Cristo, consideraba la justicia de la ley como el mayor valor, hasta tal punto que se sentía intachable. Pero tras su encuentro con el Señor, confesó que todos sus esfuerzos anteriores y su trasfondo quedaban en nada. Porque la justicia de la ley no sobrepasa la dimensión moral y ética, mientras que la justicia del Evangelio proviene de Dios. Por medio de la fe, Dios nos declara justos, y Su amor y gracia superan en grandeza y eternidad a la justicia legalista.

El pastor David Jang recalca varias veces que Filipenses 3:9—“y ser hallado en él”—describe la actitud fundamental que debemos tener como creyentes hoy en día. No es que nosotros descubramos a Dios, sino que Dios en Su gracia nos “encuentra” a nosotros. En la fe evangélica vivimos en esta pasividad de la gracia, no acumulando méritos ni logros de los que jactarnos, sino siendo un ser que sólo puede ser hallado en Cristo. Tal perspectiva nos conduce a la humildad y a la alegría más profundas.

Pablo concluye que conseguir ese “conocimiento de Cristo” fue su mayor objetivo en la vida, y que, al adquirirlo, pudo desechar sin pena alguna aquellas cosas que antes consideraba valiosas. El pastor David Jang también subraya este punto en múltiples sermones y conferencias, exhortándonos a unirnos a la confesión de Pablo. Citando las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero y perder su alma?” (Mt 16:26), reafirma que sólo Cristo y el Evangelio nos otorgan la verdadera vida y el gozo auténtico.

A la luz de todo esto, la excelencia del conocimiento de Cristo transforma por completo nuestro sistema de valores. Aquello de lo que solíamos jactarnos se desvanece, y el verdadero gozo se encuentra en morar en el reino eterno de Dios y en la presencia del Señor. Tal fue la experiencia de Pablo, y también la verdad que el pastor David Jang sigue recordando a través de su ministerio y predicación. Este Evangelio sigue siendo la mayor esperanza, el mayor consuelo y el mayor propósito para los que vivimos en la actualidad.

2. La vida del apóstol Pablo, la justicia de la ley y la aplicación contemporánea del pastor David Jang

En Filipenses 3:4 y siguientes vemos con nitidez quién era el apóstol Pablo y cómo fue la trayectoria de su vida. Pablo no oculta que, según las perspectivas humanas, carnales o mundanas, él tenía mucho de qué enorgullecerse. Afirma que bien podía “confiar en la carne”, sugiriendo que disponía de motivos sobrados para jactarse de su carácter y sus logros personales.

En la sociedad judía de la época, recibir la circuncisión al octavo día de nacido constituía la señal distintiva de todo judío ortodoxo. Además, el hecho de ser de la tribu de Benjamín le confería un sello especial. Dicha tribu era tan aguerrida que se la asociaba con la imagen de un “lobo” por su ferocidad y perseverancia en la batalla. El rey Saúl también procedía de esta tribu, y cuando Pablo aún era llamado “Saulo (Saul)”, podemos imaginar cuán grandiosa era su herencia. Asimismo, era “hebreo de hebreos”, conservando de manera impecable el idioma, la tradición y la cultura judías.

El pastor David Jang a menudo traduce estos antecedentes al presente para que lo comprendamos mejor. Imaginemos a alguien que, en la sociedad actual, se graduó de la universidad más prestigiosa, fue discípulo de un maestro famoso, posee varias credenciales profesionales, y además cuenta con recursos económicos suficientes. Si a eso se suma que es un líder religioso estricto y tradicional, sobran motivos para que la gente lo admire. Pablo era precisamente un hombre con esa clase de prestigio. Haber sido instruido por Gamaliel equivale hoy día a haberse formado con un maestro de renombre universal.

Aun así, Pablo declara tajantemente que considera su pasado y sus logros “como basura”. En Filipenses 3:7-8 confiesa: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor”. Esto demuestra que, habiendo vivido revestido de la justicia de la ley, todo ello perdió significado tras descubrir la justicia de la fe.

La justicia de la ley y la justicia del Evangelio difieren radicalmente en su esencia. La primera se basa en cuán bien uno cumple la ley, en si alcanza un estándar moral y ético. Este afán de mostrarse intachable se repite una y otra vez, pero el ser humano, que es pecador por naturaleza, nunca puede ser perfecto. Más bien, terminamos reconociendo nuestra culpa, provocándonos aflicción. Sin embargo, la justicia del Evangelio no proviene de nuestro “mérito”, sino de la gracia y el amor de Jesucristo, Hijo de Dios.

El pastor David Jang compara esta transformación de la justicia con un “cambio de dimensión”. Pasar de la justicia legalista a la del Evangelio no es un simple traslado de un grupo de normas a otro, sino una invitación al ámbito celeste, al mundo de la gracia, algo inalcanzable con la capacidad humana natural. Así se entiende por qué Pablo dice: “Y ser hallado en él” (Fil 3:9). No es “descubrir” a Dios (voz activa), sino ser “hallado” (voz pasiva), reconociendo que fue el Señor quien lo alcanzó.

Por otra parte, Pablo recalca que no sólo buscaba la justicia mediante la ley, sino que, con ese mismo afán, había perseguido a los seguidores de Cristo. Creía estar defendiendo correctamente la tradición legalista judía, de modo que encarcelar oprimía a quienes seguían a Jesús. Pero en el camino a Damasco, al encontrarse con el Cristo resucitado, su vida dio un giro de 180 grados. “Prosigo para ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús” (Fil 3:12), expresa esa drástica experiencia que, a partir de entonces, lo encaminó a su arduo ministerio apostólico.

El pastor David Jang denomina este suceso el “descubrimiento decisivo”. Antes, Pablo había magnificado la tradición judía y la ley, despreciando a los gentiles y aniquilando la Iglesia, pero al encontrarse con Jesús, vio que toda la ley y los profetas del Antiguo Testamento se cumplían en Cristo. Comprendió que debía aferrarse a la justicia del Evangelio y no a la justicia legal, y decidió vivir en consecuencia. Al mismo tiempo, el perseguidor de la Iglesia se convirtió en su edificador y mensajero. Su vida completa es un ejemplo perfecto de transformación radical.

No obstante, tras su conversión, Pablo sufrió numerosos padecimientos. La senda de la evangelización lo llevó a ser golpeado, encarcelado y, en más de una ocasión, casi lapidado hasta la muerte. En sus viajes misioneros (segundo y tercer viaje), se dedicó a proclamar el Evangelio por todo el Imperio romano, fundó iglesias como las de Filipos, Éfeso y Corinto, y las consoló y enseñó a través de sus cartas.

El pastor David Jang afirma que el sufrimiento de Pablo no es un relato del pasado, sino que sigue siendo muy vigente para quienes hoy se esfuerzan en anunciar el Evangelio. Quien comprende cabalmente el Evangelio procura no engrandecerse con su “justicia legalista”, sino apoyarse humildemente en la gracia y dejarse usar por Dios. Asimismo, al difundir el Evangelio, es posible enfrentar malentendidos y persecuciones tanto de parte del mundo como de personas cercanas. Pero, tal como muestra el ejemplo de Pablo—“No que lo haya ya alcanzado, sino que prosigo por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús” (Fil 3:12)—, el llamado se hace más claro cuando perseveramos, y finalmente participamos en la recompensa que Dios ha preparado.

Así, Pablo, quien era irreprochable a los ojos de la ley, lo dejó todo por el Evangelio y se consagró como siervo. Esta actitud de vida es el mensaje que permea toda la carta a los Filipenses y que el pastor David Jang recalca incansablemente a las iglesias y creyentes de hoy. Mostrar a quienes viven atados a la justicia de la ley que la verdadera justicia es “la que viene de Dios por la fe” es, en esencia, la misión de los mensajeros del Evangelio.

3. La senda de fe hacia la recompensa del supremo llamamiento y la exhortación del pastor David Jang

En Filipenses 3:10, Pablo habla del poder de la resurrección y de participar en los sufrimientos de Cristo, manifestando su anhelo de compartir su resurrección. “A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos” expresa la esencia de la fe paulina. Su objetivo no era meramente cumplir los estándares de la ley, sino asemejarse a la muerte y resurrección de Cristo, esperando la gloria de la resurrección en medio del padecimiento.

El pastor David Jang, al predicar este pasaje, suele insistir en que “el camino del sufrimiento no es para nada dulce, pero el poder de la resurrección está prometido”. Seguir la senda de Cristo a veces parece un fracaso ante los ojos del mundo, una pérdida o un trayecto lleno de dolor. Sin embargo, al final de ese sendero encontramos la corona de vida eterna. Pablo mismo lo compara con el corredor de una carrera en 1 Corintios 9:24-27: así como en el estadio los atletas se esfuerzan y se abstienen de todo para obtener un premio, el creyente corre con la vista puesta en la corona de vida.

En Filipenses 3:12-14, Pablo lo desarrolla con más detalle: “No que lo haya alcanzado ya, ni que sea perfecto; sino que prosigo por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús”. Después añade: “Olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta”. Con esto declara que no se conforma con su estado de fe presente ni se aferra a los éxitos pasados, sino que marcha continuamente hacia la gloria futura.

El pastor David Jang señala que en este punto la Iglesia y los creyentes reciben un desafío crucial. Si uno queda atrapado en la gloria o la herida del pasado, pierde la fuerza para avanzar. Si una iglesia se enorgullece de su crecimiento numérico y se estanca en él, se detiene su avance. Lo mismo sucede con el creyente que, al considerar establecida su vida de fe, deja de crecer. La determinación de Pablo de “olvidar lo que queda atrás” es precisamente la resolución de fe para superar la complacencia y el estancamiento.

La meta, o el blanco, es “el supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. Este premio no consiste en elogios, fama ni recompensas materiales de este mundo, sino en la vida y la gloria eternas que sólo se reciben en Cristo. Santiago 1:12 dice: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación… recibirá la corona de vida”. Y en Apocalipsis 2:10, el Señor promete a la iglesia de Esmirna: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida”.

Pablo, mientras corría tras este premio, se convirtió en siervo de los demás. “Siendo libre me he hecho siervo de todos para ganar a más” (1 Co 9:19). Aunque no fue una elección fácil, renunció a sus derechos y libertades personales voluntariamente por el bien de la extensión del reino de Dios. Este es el punto donde el pastor David Jang describe la “doble faceta” de Pablo como “vivir con libertad espiritual y al mismo tiempo hacerse siervo por amor”. Y este es el llamado paradójico que todo cristiano debe asumir. Somos personas “asidas” por Cristo, pero, a la vez, nos esforzamos por “asir” a Cristo. Ya hemos sido salvados por la gracia, pero, al mismo tiempo, seguimos negándonos a nosotros mismos y tomando la cruz para vivir en fidelidad a esa gracia.

Pablo escribe esta carta a los Filipenses con la intención de que, en medio de las disensiones y conflictos que surgían en su comunidad, los creyentes fijasen la mirada en la meta eterna. En una iglesia coexisten diversas ideas, niveles de madurez y profundidades de fe. Pablo admite que no todos están en la misma sintonía, diciendo: “Si en algo pensáis de otro modo, esto también os lo revelará Dios”. Pero, por encima de todo, nos anima a no perder de vista la misma meta.

El pastor David Jang cita con frecuencia el versículo “pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla” (Fil 3:16) como una directriz práctica para la convivencia en la comunidad cristiana. El grado de madurez espiritual varía en cada persona, pero lo importante es no acomodarse ni detenerse. Quien carezca de fe, que se esfuerce en poseerla; quien la tenga incipiente, que la ponga en práctica para que crezca. Lo esencial es “no considerarnos ya perfectos” y continuar el proceso.

Este mensaje mantiene plena validez para la Iglesia de hoy. A lo largo de la historia, muchas iglesias han pasado por etapas de auge, decadencia, disputas y reconciliaciones. Pero, en última instancia, el estándar supremo es “el supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. Si lo perdemos de vista, la Iglesia podría enredarse en disputas humanas y vanagloriarse, extraviando así la esencia del Evangelio.

Tal como Pablo dijo “prosigo a la meta”, también nosotros debemos recuperar la perspectiva de una “fe en marcha”. Este es el cometido que el pastor David Jang recalca una y otra vez. En el instante en que pensemos que hemos logrado bastante en nuestra vida cristiana y nos acomodemos, corremos el riesgo de quedar rezagados sin darnos cuenta. Cuando la vida de fe se vuelve una mera “costumbre” o se reduce a “tradición”, el Evangelio deja de tener dinamismo. El Evangelio es un poder vivo y en presente continuo. Pablo, aún preso, seguía redactando cartas que propagaban el Evangelio, y su influjo no menguó.

Hoy día, ya sea en nuestra vida personal o en la congregación, podemos enfrentar momentos difíciles: fracasos, problemas relacionales o de salud, y en ocasiones no entendemos por qué transitamos esos caminos. Sin embargo, al mirar la vida de Pablo, vemos que, aunque poseía la ciudadanía romana, fue perseguido; siendo líder religioso judío, fue rechazado por los de su propio pueblo; y en sus viajes misioneros afrontó peligros, traiciones y adversidades sin cuento. Aun así, vivió sin arrepentirse, aferrado a un “premio mayor”.

Este es el “camino de fe hacia la recompensa del supremo llamamiento”. El pastor David Jang, al ilustrarlo, expone que cada uno de nosotros tiene un llamado particular. El llamado no se limita a pastores o misioneros; cada cristiano puede iluminar con el Evangelio en el lugar donde se encuentra. Sea en el hogar, en el trabajo, en el servicio eclesial o en el voluntariado, cada persona cumple con su “carrera”. Y en esa carrera puede que nos cansemos o tropecemos, pero lo fundamental es que “la corona de vida se concede a quien persevera hasta el fin”.

En síntesis, Filipenses 3 encierra tanto la confesión personal de Pablo como una exhortación válida para toda iglesia en cualquier época y lugar. El pastor David Jang recalca que este pasaje puede ser un potente catalizador espiritual para despertar la fe adormecida de muchos creyentes hoy. Tal como Pablo dijo: “No que lo haya ya alcanzado”, nuestra fe también está en continuo aprendizaje y desarrollo. Y si “olvidamos lo que queda atrás y nos extendemos a lo que está delante”, sin duda viviremos la asombrosa gracia y recompensa que Dios ha preparado.

Este es el testimonio y la defensa de la verdad que da el apóstol Pablo, y también el mensaje que el pastor David Jang proclama a la Iglesia contemporánea. Ningún erudito o pensador podría articular con tanta profundidad esta verdad evangélica que Pablo demostró con su propia vida. Siguiendo su ejemplo, la Iglesia de hoy debe asimismo “ser hallada por el Señor y, a la vez, proseguir para asir al Señor”, como corredores en una carrera. Solo así, por lejos que tengamos que caminar, no nos cansaremos y, iluminados por la luz del Evangelio, podremos llenar el mundo de claridad.

El pastor David Jang nos insta a no olvidar nunca este principio. Quien da el verdadero impulso es Cristo Jesús, y la meta que debemos sostener en alto es “el supremo llamamiento que viene de lo alto”. No debemos quedarnos anclados en fracasos o heridas pasadas, ni quedarnos satisfechos con los logros o privilegios que hayamos alcanzado. Incluso si la Iglesia enfrenta disputas, malentendidos y conflictos, mientras nuestra mirada permanezca firme en esta meta y caminemos “unánimes por una misma senda”, llegará el día en que resplandezca la gloria de Cristo en medio de nosotros. Este es el camino que recorrió Pablo y la exhortación apremiante que el pastor David Jang sigue transmitiendo.

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