Del Desierto al Descanso – Pastor David Jang


1. El viaje por el desierto y el significado de los 7 años

Hebreos 4:1-13 contiene una enseñanza profunda acerca del descanso. “Porque los que hemos creído entramos en el reposo” (Heb 4:3) expone con claridad qué es el reposo que Dios nos concede por medio de Jesucristo y quiénes participan de él. Basándose en este pasaje, el Pastor David Jang ha subrayado constantemente que, a diferencia del pueblo de Israel que atravesó el desierto pero no entró en el descanso, aquellos que guardan la fe y se aferran al evangelio hasta el fin, sin duda encontrarán el descanso que Dios ha preparado. Este reposo no se limita simplemente a un alivio físico, sino que implica una verdadera paz que disfruta el alma en Dios.

Este tema está íntimamente relacionado con la importancia de la “fe y la obediencia” que menciona el pasaje. El autor de Hebreos pone como ejemplo a quienes, por su desobediencia en el desierto, no lograron entrar en el reposo (Heb 3:19), y nos exhorta con vehemencia a no caer en la misma insensatez. Pero lo que este texto recalca de forma especial es el descanso sagrado que se cumple a través de Jesucristo, un descanso que trasciende los sistemas y la Ley anteriores. No se trata de la mera tierra (Canaán) o de un reposo que proporcionaban Moisés o Josué, sino de la salvación y el descanso eterno que se obtienen en Jesucristo. El Pastor David Jang llama la atención sobre esto: “El verdadero descanso comienza cuando nos encontramos con Jesús, cuando recibimos el perdón de nuestros pecados a través de Su sangre”.

En el Salmo 95:8ss, leemos: “No endurezcáis vuestro corazón, como en Meriba, como en el día de Masá en el desierto”. Este pasaje nos remite a los acontecimientos del Éxodo, específicamente al momento en que el pueblo liberado se quejaba porque no tenía agua, tentaba a Dios y, además, reclamaba al líder Moisés. A pesar de que habían sido liberados de la esclavitud en Egipto y habían recibido la gracia de la vida en el desierto, pronto olvidaron su gratitud y volvieron a la insatisfacción y la rebeldía. Esta actitud sirve de gran advertencia tanto a nivel espiritual como histórico.

Lo sorprendente es que, a pesar de esas quejas y rebeldía, Dios hizo brotar agua de la roca para salvarlos. Sin embargo, debido a ese hecho, Moisés manifestó su ira (Nm 20:10-12) y terminó sin poder entrar en la tierra prometida. Hebreos 3 y 4 describen detalladamente estos sucesos, y muestran con claridad las consecuencias de la desobediencia y la dureza de corazón. Al respecto, el Pastor David Jang señala: “Ante Dios, tanto las quejas del pueblo como la ira del líder se convierten en obstáculos que impiden entrar en el reposo”. Esto nos hace reflexionar de nuevo sobre lo que Dios realmente espera de nosotros.

En esta misma línea, los “7 años” mencionados en el sermón se relacionan de manera natural con el símbolo que representa el número 7 en la Biblia. En Génesis, Dios creó los cielos y la tierra en 6 días y descansó el séptimo. El significado de ese “séptimo día” como origen del Sabbat (día de reposo) trasciende la simple cifra y abarca el eje profundo de la historia de la creación, de la criatura y de la redención. El Pastor David Jang ha explicado en numerosas ocasiones que “podemos aplicar este concepto del ‘séptimo día espiritual’ a nuestra propia fe. La lucha y el esfuerzo que experimentamos en nuestra realidad se pueden comparar con ‘seis días’ de trabajo, y al final de ese tiempo de trabajo llega el verdadero reposo de Dios, que se encuentra únicamente en Jesucristo”.

Entonces, ¿cómo podemos aplicar concretamente este viaje de “7 años” a nuestras vidas? En el sermón se menciona: “Durante estos últimos 7 años, pasamos tiempos en los que, en realidad, nos fue imposible encontrar descanso. Pero ahora, en este séptimo año, hemos recibido reposo”. Es una confesión que se asemeja a la experiencia de los israelitas, quienes tras vagar por el desierto finalmente entraron a la tierra prometida. En efecto, a lo largo de ese período ocurrieron gran cantidad de pruebas y adversidades, a veces tan extenuantes que surgían deseos de rendirse, pero gracias a la guía divina, ahora nos encontramos en esta situación, convertida en un testimonio de fe.

En particular, se recalca el hecho de “no haberse quejado” y “no haberse dejado llevar por la ira” durante este proceso. Al transitar por el desierto, ante la falta de recursos o las dificultades, desde una perspectiva humana hubiera sido natural desanimarse o quejarse. No obstante, elegir la gratitud y la alabanza en medio de todo aquello no es nada sencillo. Vemos en el Éxodo que el pueblo, apenas un poco después de ser liberado de la esclavitud en Egipto, ante cualquier adversidad volteaba la mirada hacia atrás y añoraba su pasado. Así de cambiante y frágil puede ser la naturaleza humana.

Sin embargo, el mensaje central de este sermón subraya que fue “Dios quien hizo posible superar esos tiempos de prueba, y Su método fue el evangelio”. Sin el evangelio —es decir, sin la certeza que brinda la cruz y la resurrección de Jesucristo— pronto habríamos llegado al límite usando métodos meramente humanos. El Pastor David Jang enfatiza: “No vencimos porque comprendiéramos muchas verdades bíblicas, sino porque la gracia de Dios obró en nosotros a través del evangelio, permitiéndonos superar las quejas, controlar la ira y mantener una actitud de gratitud”. Así nos recuerda de manera contundente que la fuerza definitiva que recibe el creyente proviene de la cruz.

Al interpretar estos “7 años de desierto” de manera simbólica, el punto de partida pudo haber sido aquel lugar en la calle 6 Barclay de Manhattan, donde no había prácticamente nada, o quizá otra circunstancia distinta para cada individuo. Lo significativo es que “fue un escenario desértico”. En términos financieros, humanos o ambientales, no había estabilidad alguna al comenzar la obra y afrontar todos los movimientos ministeriales. En tales circunstancias, surgían temores humanos y múltiples señales de peligro de fracaso. Sin embargo, lo único a lo que se podía aferrar era la fe en que “Dios está con nosotros” y la certeza en el evangelio de que “si el Señor lo dice, está hecho”.

Pero, aunque 7 años pueden considerarse mucho o poco tiempo, lo cierto es que durante ese lapso hubo quienes caminaron juntos por el desierto. Precisamente en el sermón se resalta varias veces: “Ustedes no fueron como el pueblo de Moisés; ustedes no se quejaron ni se dejaron dominar por la ira. No olvidaron la gracia de Dios y la meditaron para poder resistir”. Esto significa que se siguió el modelo de “fe y obediencia” que presenta Hebreos, y que se tomó la decisión de no soltar el reposo que Jesús ofrece.

El “descanso” que describe la Biblia no significa simplemente que todos los problemas estén resueltos y ya no haya nada más que hacer. Más bien, el reposo perfecto se parece más a la paz espiritual que experimentan quienes se someten por completo a la guía de Dios en medio del lugar donde Él está obrando. Nehemías 6 narra que, al concluir la reconstrucción del muro de Jerusalén, los pueblos vecinos sintieron miedo y exclamaron: “Y conocieron que por nuestro Dios había sido hecha esta obra” (Neh 6:16). Esa reacción de desaliento en los enemigos demuestra el poder de Dios y confirma la imposibilidad humana que, sin embargo, se resolvió bajo Su mano. Esto encaja perfectamente con la situación de haber recorrido 7 años de desierto para alcanzar el descanso: cuando la gente observa que fue Dios mismo quien actuó, se exalta Su nombre y brotan la alabanza y la gratitud de manera espontánea.

El Pastor David Jang explica este principio de la siguiente manera: “En la obra de Dios, la capacidad de las personas no es lo más importante. No se debe a nuestras cualidades o méritos, sino únicamente a la gracia de Dios que toda tarea llega a su término”. Al mismo tiempo, recalca que “a quienes se aferran a esa gracia, sin duda les será otorgado el reposo”. Esto está presente ya en la historia del Éxodo, pero se revela de modo más pleno con Jesucristo.

¿Por qué es tan relevante no sucumbir a la ira ni a la queja mientras atravesamos nuestro ‘desierto’? Porque el fin último es someternos al proceso divino de quitar de nuestro interior el pecado y el orgullo. Si nuestro corazón está permanentemente lleno de queja y rabia, no podremos saborear el descanso que Dios ha preparado. Podríamos creer que somos capaces de reprimir la ira y las quejas por medios humanos, pero en realidad no hay solución de fondo si no contamos con el poder del evangelio. Solo cuando la sangre de Cristo nos transforma y el Espíritu Santo produce fruto en nuestro interior, estamos listos para entrar en el verdadero reposo.

Tras completar estos “7 años de desierto espiritual”, este “tiempo de reposo” constituye un punto de inflexión muy importante para la comunidad de fe y para cada uno de sus miembros. No se trata únicamente de un “descansemos” en el sentido de dejar de trabajar; es más bien un tiempo de “recarga” que nos permite avanzar con fuerzas renovadas hacia la siguiente labor y rumbo que Dios establece. El reposo en Jesús es un fin en sí mismo, pero también se convierte en la base que impulsa nuevas responsabilidades y misiones.

A menudo, el descanso adquiere más valor si va precedido por el sufrimiento. Se dice que si no se atraviesa el desierto, no se puede apreciar la dulzura del reposo. Solo después de 7 años de vida desértica podemos asimilar plenamente “cuán grande ha sido la gracia de Dios y hasta qué punto el evangelio me ha sostenido”. De esta manera, cuando el Señor nos llame de nuevo a un nuevo lugar de trabajo, a una nueva comunidad o a un nuevo campo de servicio, podremos enfrentar el desafío con valentía y fe.

Sobre este punto, el Pastor David Jang enfatiza que “la tierra de Canaán no solo es el lugar donde se cumplen las promesas, sino que también representa otro escenario de batalla espiritual”. En efecto, aunque los israelitas entraron a Canaán, seguían teniendo que conquistar la tierra. Lo mismo ocurre con el creyente que, aun cuando recibe el reposo en Jesucristo, debe librar una guerra espiritual constante en este mundo. Sin embargo, el hecho de que nuestro punto de partida sea Dios y de que la naturaleza de esta batalla consista en “caminar con Cristo, quien ya ha vencido”, nos infunde valor. Además, este sermón nos enseña que la “actitud de reposo” en última instancia está vinculada con el plan de salvación y la misión que Dios quiere cumplir a través de nosotros.

Así, el “viaje por el desierto” es un tema recurrente tanto en la historia bíblica como en el caminar de la fe personal. En 1 Corintios 10, el apóstol Pablo menciona el Éxodo y explica que “estas cosas les sucedieron como ejemplo, y están escritas como advertencia para nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos”. Esto se vincula a lo que subraya el autor de Hebreos. “Aquel reposo al que ellos no entraron, vosotros entrad”. Esta afirmación no busca proclamar “somos más justos que ellos”, sino que exhorta a “tomar su fracaso como lección y perseverar hasta el fin en fe y obediencia”. Y quien nos brinda la fuerza y la capacidad para transitar ese camino es Jesucristo.

En el sermón de hoy se destacó: “Las personas que se quejaron no llegaron finalmente a esta tierra. Pero quienes caminaron con el evangelio, sí entraron”. Esta diferencia se debe a si se aferraron o no a la cruz y la resurrección de Cristo. En el desierto, el pueblo de Israel tenía que confiar en Jehová Dios, y de la misma forma, nosotros debemos sostenernos en Jesucristo y en la guía del Espíritu Santo. Quien cree en las promesas que se cumplirán en Él, aunque atraviese un desierto, no se autodestruye con quejas ni con ira.

El Salmo 66:16 afirma: “Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma”. Al volver la vista atrás a estos 7 años que hemos recorrido, descubrimos innumerables milagros y frutos que no pueden explicarse por un simple cálculo o mérito humano. Dichas experiencias se convierten en un pilar de fortaleza para las próximas batallas espirituales, sean otros 7 años o más. Sin importar el lugar de servicio, incluso si se abre otro desierto, sabemos que Dios nos guiará, y que en medio de todo ello podemos experimentar “el reposo diario en Jesucristo”. Este es el “principio del desierto y del reposo espiritual” que el Pastor David Jang ha predicado de manera constante, y al mismo tiempo la prueba definitiva del “verdadero descanso y salvación” que Dios quiere otorgarnos.


2. El poder del evangelio y la victoria en Jesucristo

En la segunda parte de Hebreos 4 (Heb 4:12-13) leemos esta declaración contundente: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. Aquí se evidencia el poder de la Palabra. Cuando se cita este versículo en sermones o estudios bíblicos, por lo general se hace hincapié en “la Palabra que nos transforma y escudriña nuestro interior”. Sin embargo, el Pastor David Jang va más allá: “Esta Palabra no es meramente un recurso informativo; es un arma viva que nos trae victorias y actos concretos”.

¿A qué clase de victoria se refiere? Precisamente a la de expulsar de nuestro interior el pecado, el miedo, la queja, la ira, el odio, y a la de alcanzar, en última instancia, la verdadera libertad y el reposo en Dios. Cuando la Palabra obra en nosotros, nos impulsa a autoexaminarnos: “¿Por qué estoy enojado? ¿Qué incredulidad yace en el fondo de mi queja?”. Al enfrentarnos de forma sincera a estas preguntas, y al arrepentirnos de nuestros pecados y debilidades, podemos ir transformándonos progresivamente en la imagen de Cristo.

La base de este proceso de cambio es el evangelio. El evangelio es la noticia de salvación consumada en la cruz y la resurrección de Jesucristo, y es el poder que libra a todo creyente del pecado y de la muerte. El Pastor David Jang recalca: “Si nos aferramos a la esencia del evangelio, podremos mantener la esperanza y la fuerza inquebrantables en cualquier circunstancia desértica”. Esto se relaciona con el hecho de que nuestra identidad se renueva en Cristo. De ser pecadores destinados al juicio, pasamos a ser hijos de Dios. Por ende, no somos seres que se derrumban ante el sufrimiento y las pruebas de esta vida, sino que interpretamos cada adversidad como un entrenamiento divino que nos demuestra la grandeza de Su poder.

Cuando el desierto se prolonga o el entorno se presenta caótico, todos somos propensos a cansarnos e incluso a ceder a la tentación de abandonar. Es común, además, que aparezcan quejas o que se culpe a otros. Pero quienes de verdad asumen el evangelio y caminan con Jesucristo no pierden el enfoque ni se desalientan ante la adversidad, sino que dirigen la mirada a Dios. El resultado es la invitación a entrar en el reposo.

Es por eso que Hebreos 4:3 declara con tanta seguridad: “Porque los que hemos creído entramos en el reposo”. Creer en Jesús no significa solo asentir intelectualmente o sentir momentáneamente; implica entregarle la vida entera. Y aunque el trayecto pueda llegar a semejarse a aquel duro desierto que atravesó Moisés, al final nos espera el descanso que Dios ha preparado. El Pastor David Jang insiste: “La llave para entrar en ese reposo es el evangelio, y vivir arraigados en ese evangelio debe ser el norte de cada creyente”.

El poder del evangelio también nos llega a través de la “Palabra de Dios”. Tal como escribió el autor de Hebreos —“viva y eficaz” —, la Palabra posee de por sí un dinamismo espiritual. No es un texto estático, sino una fuerza activa que sacude nuestro interior y cambia el rumbo de nuestra existencia. Por ejemplo, el Salmo 95 ordena: “Si oís hoy Su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. Significa que, cuando realmente escuchamos la voz de Dios (por medio del Espíritu Santo) en el día a día, debemos responder con un corazón dócil y obediente. De lo contrario, si cerramos nuestros oídos, podríamos correr la misma suerte que el pueblo del desierto, que se quedó fuera del reposo.

Cabe destacar que, por más potente y afilada que sea la Palabra, no surtirá efecto si rehusamos aceptarla o nos negamos a ser confrontados. La Palabra penetra y separa, pero de nada sirve si no nos arrepentimos al sentir esa “incisión” en la conciencia. En otras palabras, el poder del evangelio y la fuerza de la Palabra presuponen nuestro corazón abierto y nuestra disposición a obedecer. Sin embargo, incluso esa obediencia no es fruto exclusivo de la voluntad o la rectitud humana, sino que requiere imprescindible la ayuda del Espíritu Santo, y el Espíritu nos es dado por Jesucristo. En consecuencia, el inicio y el fin del camino hacia el reposo dependen de Él.

¿Cómo se manifiesta concretamente esa victoria en el evangelio? A lo largo de nuestro caminar desértico, Dios nos guía de varias maneras, y a medida que experimentamos dichas intervenciones divinas una y otra vez, se fortalece nuestra convicción de “Dios es fiel”. En 1 Corintios 10, cuando Pablo repasa la historia del Éxodo, citando cómo “nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos pasaron por el mar” y “todos fueron bautizados en la nube y en el mar”, su objetivo no es mantener vivo un suceso antiguo como si fuese un mero recuerdo, sino sacar de él una enseñanza para nuestro presente.

La preparación para entrar en el reposo se adquiere en el desierto, aprendiendo a escoger la alabanza en lugar de la queja, la mansedumbre en vez de la ira y la confianza en vez de la incredulidad. Cuando esa conducta se arraiga en nosotros, la puerta del reposo se abre ampliamente. Y la clave que hace esto posible es el evangelio. La comunidad de fe (la iglesia) es el lugar donde se vive y se comparte ese evangelio. Tal como se recalcó en el sermón: “Nuestra iglesia, nuestros hermanos en la fe, han transitado juntos el desierto sin quejas, y finalmente han entrado”. Allí se vislumbra la relevancia de un “descanso colectivo”.

La iglesia no es únicamente un conjunto de individuos; es un “cuerpo” con Cristo como Cabeza (1 Cor 12). Por consiguiente, el poder del evangelio no se limita al ámbito personal, sino que impacta también a toda la comunidad. El Pastor David Jang explica: “Cuando avanzamos juntos en la fe, incluso los tropiezos y los conflictos que surgen en el proceso se transforman en frutos santos a la luz del evangelio”. Así, el camino hacia el reposo no se recorre solo como individuos, sino por medio de la práctica conjunta.

Una vez alcanzado el reposo, esa alegría señala al mismo tiempo el inicio de un nuevo servicio. En Nehemías 6, tras concluir la obra de la muralla, se registra que todos los enemigos sintieron temor y se desalantaron. Fue la prueba de que Dios estuvo presente y, a la vez, el momento en que el pueblo de Israel se preparó para escribir una nueva historia frente a “la muralla finalizada”. De igual modo, hoy, cuando tras 7 años de tribulación llegamos al reposo, este no solo alivia el cansancio pasado, sino que nos impulsa a vislumbrar con fe el porvenir y nos permite seguir adelante con audacia.

Haber entrado al reposo no elimina por completo las dificultades futuras. En realidad, la vida cristiana es un combate espiritual continuo. No obstante, una vez probada la dulzura del reposo y fortalecida la intimidad con Dios, podemos resistir cualquier tempestad. El hombre arraigado en el evangelio no puede ser separado del amor de Cristo (Rom 8:35-39). La experiencia del reposo confirma esta certeza, y por ello desarrolla y solidifica nuestros “músculos espirituales”.

El Pastor David Jang reitera: “Cuando vivimos aferrados al evangelio en Cristo Jesús, avanzamos inevitablemente hacia la victoria”. No se trata de un optimismo infundado, sino de una victoria asegurada en Cristo. Jesús derrotó todo pecado y toda autoridad de muerte en la cruz, y resucitando venció a la muerte. Por consiguiente, quienes permanecen en Él participan de esa promesa de triunfo. El reposo es uno de los frutos de esa victoria y, a su vez, un oasis en el proceso de la batalla espiritual diaria.

La cuestión radica en cuánto nos apropiamos y vivimos el evangelio cada día. El sermón de hoy declara: “Estamos haciendo muchas cosas, pero todo lo hacemos con la fuerza de la Palabra”. Si la Palabra no guiara nuestros pasos, nos perderíamos pronto en los cálculos y deseos mundanos. En cambio, si seguimos la Palabra, no cederemos a las quejas ni a la ira en medio del desierto, sino que experimentaremos la provisión sobrenatural de Dios. Así como Él hizo brotar agua de la roca y envió maná y codornices, también obraría hoy milagros en nuestra vida.

Tal obrar divino siempre culmina con la confesión: “Dios lo ha hecho”. En la época de Nehemías, lo que generó terror en los enemigos no fue el poder humano de Israel, sino el Dios que estaba detrás de ellos. De la misma forma, una comunidad que reposa en el evangelio es testimonio poderoso para el mundo. “¿Cómo pueden mantenerse en pie a pesar de esas dificultades? ¿Por qué eligen la alabanza y la gratitud en lugar de la queja y la ira?” Esas interrogantes conducen a la respuesta: “Porque viven el evangelio y están en Jesucristo”.

Vivir la fuerza del evangelio no se limita a un testimonio personal, sino que trasciende a la comunidad y produce un efecto misionero. Mientras hay muchos que ignoran u oscurecen el evangelio, el testimonio de “descanso” y “victoria” que ofrece una comunidad cristiana demuestra a otros el camino para conocer a Cristo. Así, cumplimos la Gran Comisión de “id y haced discípulos a todas las naciones” (Mt 28:18-20).

La victoria en Cristo, descrita en Hebreos, está asociada con la promesa del reposo, el cual se vincula a la “salvación definitiva” y al mismo tiempo se manifiesta como un “reposo presente” que podemos experimentar en nuestra vida cotidiana. El evangelio es la puerta de acceso a ese reposo, y tal como Jesucristo mismo declaró: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mt 11:28). Esta promesa sigue vigente en cualquier época, lugar o persona que se acerque a Jesús.

Reiteradas veces, el Pastor David Jang ha dicho: “Vivir según el evangelio no termina con confesar que Jesús es nuestro Señor. Conlleva la transformación real de nuestra cotidianidad por la sangre y el poder de Cristo”. Si el evangelio no transforma nuestra vida, corremos el riesgo de repetir en el desierto el patrón de quejas y de ira, y sucumbir como el pueblo de Israel. Pero si somos poseídos por el evangelio, obedecemos la Palabra y clamamos la ayuda del Espíritu Santo, dejaremos de tropezar en lo mismo y avanzaremos por el sendero del reposo y de la victoria.

La conclusión del sermón de hoy es clara: “Jesucristo, superior a Moisés o a Josué, nos invita al reposo. No olvidemos la advertencia histórica que nos muestra el autor de Hebreos, ni la del Salmo 95, que remite a los eventos del Éxodo; y vivamos aferrados al evangelio”. Este mensaje no busca un consuelo pasajero, sino que traza la ruta fundamental de toda la travesía de la fe. El testimonio de quienes han caminado por el desierto durante 7 años así lo corrobora: “Hemos vencido, no por aferrarnos con nuestras fuerzas a Dios, sino porque Dios nos ha sostenido”. Mientras resuene ese testimonio en el corazón de cada creyente, nada podrá arrebatarnos el reposo que poseemos en Dios.

Como proclama el Pastor David Jang: “Toda la gloria es para Dios; nuestra parte es vivir agradecidos por Su gracia y aferrarnos al evangelio cada día”. Este es uno de los mensajes más conmovedores que nos presenta Hebreos 4, y es un principio espiritual vigente también para el futuro. Si vencimos en 7 años, también podremos conquistar otros 7. Incluso en 70 o 700 años, la verdad seguirá siendo la misma: el evangelio es eterno, y el reposo que Jesucristo promete puede ser poseído por la fe. Aferrémonos a esta verdad y recordemos que vivir la fe cotidianamente, renovándonos en el Señor, es nuestro privilegio como creyentes. Nadie puede oponerse ni arrebatarnos este reposo que tenemos en Dios, y es nuestro deber proclamarlo como una buena noticia para el mundo de hoy.

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